Apareció la luna

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Resulta difícil seguir encontrando belleza en este planeta. Resulta difícil seguir mirando la luna, tan ajena a nuestro devenir, que nos ha contemplado desde que empezamos a invadir este mundo inocente. Ella, que nos vio crecer, multiplicarnos, dar lo mejor y lo peor que puede dar un ser vivo inteligente, nos ha visto errar miles de veces, cíclicamente, pero también construir maravillosas civilizaciones, monumentos, historias y quién sabe cuántas maravillas. Ella debe de estar acostumbrada, pues ha seguido ahí arriba, como si tal cosa, brillando e iluminando nuestro cielo, perdonándonoslo todo. Pero uno, que está aquí abajo, anclado a esta realidad y a este tiempo, tiene que esforzarse cada día más en seguir encontrando la belleza en este planeta. Poder seguir disfrutando de una canción, de un libro, de un cuadro, de una fotografía… sabiendo que tanta gente muere de forma tan vil. Resulta difícil seguir creyendo que este invento llamado humanidad merece la pena. No es un tópico ni el típico pensamiento que han tenido a lo largo de las décadas millones de personas en todo el mundo, acosadas por problemas o tragedias. Es lo que uno llega a sentir cuando ve que, día a día, la sinrazón avanza a pasos agigantados, dejando tras de sí no sólo sangre derramada, sino la más patética demostración de estúpidas convicciones y actos propios sólo de las sanguijuelas más descerebradas. Siempre ha habido esa crueldad (hasta hace no mucho tiempo, en varios países de Europa las torturas más salvajes alimentaban al régimen). Pero resulta aterrador ver la facilidad con la que hoy se convence a tanta cantidad de ignorantes tan rápidamente, y la pasividad de los que ostentan el poder, que no hacen nada para parar esta epidemia, y sólo tratan de que no traspase sus fronteras; que los muertos sean otros, es lo único que les preocupa. Pero un muerto es un muerto, en Francia y en Nigeria. Así que la plaga avanza y uno piensa: ¿Tan fácil es de llevar a la locura más sádica al ser humano? ¿Tan sencillo justificarlo? ¿Tan débil e imperfecto es su cerebro? ¿Tan simple es reprogramarlo para volverse tan radicalmente asqueroso? Resulta tan aterrador como desalentador.
Por eso, aquella noche, cuando la luna asomó por entre una ventana de una casa abandonada, disparé sin pensar en nada. Sabía que era imposible que esa toma, con la más absoluta y completa oscuridad envolviéndo todo, saliera bien. Ni siquiera pude encuadrar perfectamente la luna en la ventana, pues yo no podía ver con claridad el muro. Pero disparé. Con la mente en blanco. Para creer, aunque sólo fuera por un segundo, que merecería la pena.

Y, en contra de toda regla fotográfica y de toda lógica, apareció la luna.

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