Archivo para marzo, 2015

Silencio

HEC_0032 (Copiar) Había tardado demasiado tiempo en responderme. Tanto, que nunca lo hizo. Aunque yo ya sabía su respuesta. Aquella tarde, tan fría, tan real, el empedrado de las calles encauzaba el agua de la lluvia en ríos retorcidos que bajaban de la montaña y se perdían con su murmullo juguetón pueblo abajo. Ríos sucios, grises, casi negros, arrastrando toda la porquería de las aceras, purificándolas para nuevas pisadas. Como un rito. Como un grito. Caminamos tanto tiempo que las casas nos miraban con recelo. En este mundo tan acelerado que se ofende si uno no forma parte de su frivolidad, pasear sin rumbo parece una osadía. Dimos la vuelta en el cobertizo de Damián, cerca de la casa de sus padres, que volaba sobre el Pasadizo del Calvo, ese trozo de arquitectura popular sacado de una postal antigua. Allí fue donde Alberto me dejó sin la respuesta que yo ya sabía. Allí fue donde descubrí que él nunca pisaría mis palabras y que, lo más importante, una respuesta también puede estar hecha de silencios.

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Los escarfurcios huérfanos

Forges

Hace casi quince años un libro con una llamativa portada entraba en la casa de mis padres, donde yo residía a mis 18 años. El título era más que original: “Escarfurcios y palabros”. La portada, llamativa, porque a pesar de tratar un tema tan serio como el lenguaje, estaba ilustrado (como el interior) de viñetas humorísticas del adorado Forges. Su autor era Mariano de la Banda, mítico locutor de radio en España, periodista y Don Quijote de la vida, tanto que se le parecía físicamente. Recuerdo coger ese libro, como antes hice con el famoso “El dardo en la palabra”, de Lázaro Carreter, y empezar a rendirle respeto y pasión a nuestro lenguaje.
Mariano nació en mi ciudad, Aranjuez. Era mi paisano. Ocho años después de haber leído su libro (un período de tiempo que en la juventud es un abismo), mi hermano fundó un periódico comarcal, y Mariano no tardó en colaborar con nosotros con artículos exquisitos, llenos de su inconfundible humor y su sabiduría lingüística. Lo hizo de forma completamente desinteresada. Sus “Palabros al por menor” y “La historia investigaba” enriquecían nuestra publicación. Casi sin asimilarlo, Mariano, ese personaje que había guiado mi adolescencia en mi pasión por las letras, me consideraba su colega, su paisano, su amigo. Su imponente figura siempre me impresionaba cuando nos encontrábamos, pero su vitalidad, su cordialidad y su sincera sonrisa siempre me desmontaban mi complejo de inferioridad. Mariano te trataba de tú a tú, como si no fuera uno de los personajes de la radio española más importantes de su historia, sino un vecino que te pasaba el brazo por el hombro y te apretaba contra él para que sintieras su calor.
Mariano no tenía título de periodismo. Pero era periodista. Un gran periodista que muchos colegas de la altura de Iñaki Gabilondo, Luis del Olmo o Andrés Amorós han escuchado y leído para aprender. Todos se rendían ante él. Porque para ser bueno en un oficio no basta con haberlo estudiado. El talento no se compra en las aulas. Mariano tenía ese talento y esa pasión que vienen de serie. Una dedicación por tu oficio que te lleva a aprender continuamente.
Hoy llueve en Aranjuez. Lleva lloviendo todo el fin de semana. Dice mi hermano que es porque Mariano se ha ido. Se ha ido para siempre. Y su pueblo le llora. Le echa de menos. Salgo temprano por la mañana, mientras el agua empapa el Real Sitio que le vio nacer, que nos vio nacer, y compro el periódico. Me paso el día leyendo, hasta que me dan la mala noticia. Y vienen los recuerdos, que caen como la lluvia. No puedo evitar pensar que sus escarfurcios y palabros se quedan hoy huérfanos. Y que toca recordar sus lecciones humildes, su empeño por hablar y escribir bien, por reconocer los errores sin altivez, para no dejar nunca huérfanas las ganas por aprender. Y que no se nos olvide que cometer errores no tiene tanta importancia si estamos dispuestos a corregirlos.
Mientras tanto, sigue lloviendo en Aranjuez.


¿Cervantes? Sigan buscando

Se agolpan los periodistas, las cámaras y los curiosos. Se ha anunciado para hoy a las diez de la mañana. “El acontecimiento cultural del año”, dice una periodista (esos profesionales…). ¿Estará o no estará Cervantes? Los dueños de los bares del barrio se frotan las manos, y quien más y quien menos reza para que le toque la lotería. Piensan en otras tumbas de escritores famosos europeos visitadas por miles de turistas. No tardan los políticos en comparar el caso con Shakespeare para justificar este tinglado (la gran diferencia es que los ingleses sí leen a Shakespeare, mientras que la obra de Cervantes, en realidad, es una completa desconocida en España). El despliegue de medios científicos utilizados para el hallazgo, que se ha alargado durante meses, es digno de una serie norteamericana de asesinatos. Es como un escaparate en el que España quiere que se vea internacionalmente que está magníficamente preparado, con los más avanzados medios científicos y tecnológicos, para desenterrar algo completamente inútil. ¿Quién dijo que los investigadores no tenían trabajo en España? Buscar remedios para enfermedades no tiene glamour. Así que mejor les ponemos a buscar en un convento algo que no vale para nada. Bueno, sí que valdrá: esto se llenará de curiosos, turistas, cámaras con palos, gente haciéndose selfis, miles y miles de personas que querrán llevarse a casa un recuerdo de un personaje al que nunca jamás han leído y nunca jamás leerán. Da igual que nadie (incluidos los políticos que se vanaglorian de este hallazgo y hablan de la importantísima figura de Cervantes) sepa nombrar otra obra suya que no sea el Quijote. Lo importante es venerar unos pocos huesos casi convertidos en polvo, ponerle luces de neón, vestirle de Papá Noel en Navidad y fabricar toda esa parafernalia tan banal que tanto nos gusta.
Mientras, otra librería cierra sus puertas en Madrid. Su gran error: vender libros y estar lejos de los podridos huesos del escritor español por antonomasia. ¡Si es que no tienen visión empresarial estos libreros, empeñados en vender cultura en vez de frivolidad! Una lástima que todavía no nos enteremos de que Cervantes no está en una tumba, sino en las páginas de sus libros.


Sin cristal, la realidad

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Ya quedan desnudas las paredes de la casa. Ya se cae el cielo en su interior. Ya habitan la alimañas sus terrenos. Ya se mueren los muros sin dolor. Empieza el día a sucumbir, y me asomo a la vieja ventana sin cristal. Y sin cristal, no hay más dura realidad. Una realidad amargar y fétida, con el hedor del olvido, el que borra nuestro pasado, del que niega haber vivido. Ya no queda nada por salvar en este pequeño rincón. Ya no quedan ganas ni fuerzas, ni pasado ni presente, ni verdad ni mentira, ni nadie que lo recuerde. Sólo, un montón de escombros; el veneno de la tardanza; las ruinas del fracaso; ni rastro de esperanza.
Ya quedan desnudas las paredes de la casa. Ya cae la lluvia en su interior. Ya habitan fantasmas en mi mente. Ya me marcho sin decir adiós.


Apareció la luna

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Resulta difícil seguir encontrando belleza en este planeta. Resulta difícil seguir mirando la luna, tan ajena a nuestro devenir, que nos ha contemplado desde que empezamos a invadir este mundo inocente. Ella, que nos vio crecer, multiplicarnos, dar lo mejor y lo peor que puede dar un ser vivo inteligente, nos ha visto errar miles de veces, cíclicamente, pero también construir maravillosas civilizaciones, monumentos, historias y quién sabe cuántas maravillas. Ella debe de estar acostumbrada, pues ha seguido ahí arriba, como si tal cosa, brillando e iluminando nuestro cielo, perdonándonoslo todo. Pero uno, que está aquí abajo, anclado a esta realidad y a este tiempo, tiene que esforzarse cada día más en seguir encontrando la belleza en este planeta. Poder seguir disfrutando de una canción, de un libro, de un cuadro, de una fotografía… sabiendo que tanta gente muere de forma tan vil. Resulta difícil seguir creyendo que este invento llamado humanidad merece la pena. No es un tópico ni el típico pensamiento que han tenido a lo largo de las décadas millones de personas en todo el mundo, acosadas por problemas o tragedias. Es lo que uno llega a sentir cuando ve que, día a día, la sinrazón avanza a pasos agigantados, dejando tras de sí no sólo sangre derramada, sino la más patética demostración de estúpidas convicciones y actos propios sólo de las sanguijuelas más descerebradas. Siempre ha habido esa crueldad (hasta hace no mucho tiempo, en varios países de Europa las torturas más salvajes alimentaban al régimen). Pero resulta aterrador ver la facilidad con la que hoy se convence a tanta cantidad de ignorantes tan rápidamente, y la pasividad de los que ostentan el poder, que no hacen nada para parar esta epidemia, y sólo tratan de que no traspase sus fronteras; que los muertos sean otros, es lo único que les preocupa. Pero un muerto es un muerto, en Francia y en Nigeria. Así que la plaga avanza y uno piensa: ¿Tan fácil es de llevar a la locura más sádica al ser humano? ¿Tan sencillo justificarlo? ¿Tan débil e imperfecto es su cerebro? ¿Tan simple es reprogramarlo para volverse tan radicalmente asqueroso? Resulta tan aterrador como desalentador.
Por eso, aquella noche, cuando la luna asomó por entre una ventana de una casa abandonada, disparé sin pensar en nada. Sabía que era imposible que esa toma, con la más absoluta y completa oscuridad envolviéndo todo, saliera bien. Ni siquiera pude encuadrar perfectamente la luna en la ventana, pues yo no podía ver con claridad el muro. Pero disparé. Con la mente en blanco. Para creer, aunque sólo fuera por un segundo, que merecería la pena.

Y, en contra de toda regla fotográfica y de toda lógica, apareció la luna.