1929

HEC_0211 (Copiar)

De vez en cuando, recorriendo lugares, paisajes, pueblos y ciudades, aparecen mensajeros del tiempo. Cápsulas que han permanecido inalteradas desde hace años, décadas, siglos. No están en los más famosos monumentos ni en las urbes más importantes. Desde luego, la posible pérdida de este abrevadero quizá sólo fuera una tragedia para algún que otro lugareño anciano, pero no habría constancia en ningún medio de comunicación. No tiene un valor monumental, histórico o artístico. Sin embargo, este vetusto y modesto abrevadero ha sobrevivido a una guerra mundial y otra civil, entre otras muchas cosas. Mientras busco ese encuadre que resalte su fecha de nacimiento y lo contextualice en el precioso pueblo que le dio la vida, pienso en cuánta sed sació a lo largo de sus ochenta y cinco años impertérrito. Pienso en quien inscribió la fecha pensando, quizá, que le iba a sobrevivir por muchos años. Y aquí está, delante de nosotros, como si tal cosa, sin paneles informativos ni rutas turísticas a su alrededor. La belleza de lo simple, de lo cotidiano, de lo útil y modesto. La ambición de eternidad de un anónimo albañil que quiso que su vulgar trabajo fuese respetado por siempre, y consiguió su propósito, al menos, de momento. ¿Puede haber algo más conmovedor en un mundo tan ostentoso?

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