Más que el ocaso

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Lo más llamativo de todo no era el cielo naranja tragándose al sol entre nubes fluorescentes, muy cerca del cerro del Otero, más allá de la última de las casas del pueblo, donde las calles se transformaban ya en caminos. Ni siquiera, los reflejos que estampaban los últimos rayos del día en el lago Negro, donde los pescadores iban dejando sus puestos a los cazadores furtivos de cangrejos. Lo más llamativo ni siquiera era el oro imposible de los rizos de Inés, que estrenaba corte de pelo aquél viernes, saliendo de la peluquería con la cabeza bien alta y una sonrisa a mitad de camino entre la burla y el orgullo, paseando su coquetería por delante de los mozos del pueblo y de las viudas que la censuraban con miradas recias. Lo más llamativo, al menos para mí, era el rojo poderoso de los tiestos que presidían los ventanucos de la casa de Miranda, la hija de la panadera, que los había estado regando con más fe que eficacia durante el último verano, y que los había recuperado para envidia de su vecina, Lola Yomasquetú. Era un rojo tan intenso que se veía desde el otro lado de la plaza, y para mí era como una bandera izada de sana soberbia, de inocua venganza, de maravillosa cabezonería. Un rojo que justificaba toda el agua empleada día a día, todos los mimos y todo el empeño por continuar una empresa por la que nadie daba un gramo de abono. Por eso, cuando aquella tarde asomé por la esquina del Recio y vi aquel rojo resplandeciente, di la espalda al ocaso naranja, al lago Negro y a los rizos de Paula y me deleité con el empeño y éxito de aquella mujer y sus flores rojas, a la que todos los entendidillos habían dado tantos consejos y tan pocas soluciones.
Y nunca nadie más volvió a subestimarla.

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