Archivo para febrero, 2015

Corzocultura

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Nada más bello que un animal luchando libre por su supervivencia en la naturaleza. La cultura está en la vida, no en la sangre derramada.

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1929

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De vez en cuando, recorriendo lugares, paisajes, pueblos y ciudades, aparecen mensajeros del tiempo. Cápsulas que han permanecido inalteradas desde hace años, décadas, siglos. No están en los más famosos monumentos ni en las urbes más importantes. Desde luego, la posible pérdida de este abrevadero quizá sólo fuera una tragedia para algún que otro lugareño anciano, pero no habría constancia en ningún medio de comunicación. No tiene un valor monumental, histórico o artístico. Sin embargo, este vetusto y modesto abrevadero ha sobrevivido a una guerra mundial y otra civil, entre otras muchas cosas. Mientras busco ese encuadre que resalte su fecha de nacimiento y lo contextualice en el precioso pueblo que le dio la vida, pienso en cuánta sed sació a lo largo de sus ochenta y cinco años impertérrito. Pienso en quien inscribió la fecha pensando, quizá, que le iba a sobrevivir por muchos años. Y aquí está, delante de nosotros, como si tal cosa, sin paneles informativos ni rutas turísticas a su alrededor. La belleza de lo simple, de lo cotidiano, de lo útil y modesto. La ambición de eternidad de un anónimo albañil que quiso que su vulgar trabajo fuese respetado por siempre, y consiguió su propósito, al menos, de momento. ¿Puede haber algo más conmovedor en un mundo tan ostentoso?


Paleta esbozada

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Dentro del color, un sólo trazo. Del viento, su fuerza y su abrazo. Veo sobre el lienzo de agua los colores de tu paleta esbozada. El verdor y su esperanza, el azul de su cotanza. Adimensional imagen de mi propio recuerdo, que bebe, que ríe, que quiere seguir viviendo. Pero nada detiene al río, que prosigue su curso, como prosigue el curso de mis propios sueños. Para que nadie sea mi dueño, ni mis sueños queden nunca jamás en el agua presos, y puedan seguir fluyendo en el tiempo, eternos.


Caleidoscopio

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Recuerdo que cuando era un niño, mis padres nos regalaron a mi hermano y a mí sendos caleidoscopios. Esos tubos sonaban cuando se giraban, pues los cristalitos que había en su interior iban revolviéndose, y mirando a través de uno de sus extremos, como un telescopio, uno entraba en un universo paralelo de colores hipnotizadores. En la infancia nos encantaba encontrar colores, luces y destellos intentos. Hoy buscamos esos estímulos en nuestras vidas con otras formas, con otros sentidos, con otros intereses.
No hace mucho, en una breve conferencia sobre fotografía, hablaba del peligro del fotógrafo hastiado que, cansado de ver siempre los mismos escenarios, al final prefería quedarse en casa sin salir a buscar nuevas imágenes por terrenos pisados hasta la saciedad. Craso error. No siempre se vuelve a casa con una imagen interesante, igual que no siempre el pescador vuelve a casa con una presa de importancia, pero nuestra imaginación es el mejor anzuelo en el que antes o después picará alguna original idea. Con esa mentalidad tomé esta imagen que, como siempre, no se trata de un truco de Photoshop, programa que no uso, ni de ningún retoque en posproducción. Es, en realidad, una cuádruple exposición tomada in situ. No suelo realizar fotografías abstractas, pero esta al menos me recuerda a aquellos caleidoscopios de mi infancia, y me hace pensar que es importante mantener la ilusión, la originalidad y el sentido de la belleza escondida y revelada en nuestro día a día.


Más que el ocaso

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Lo más llamativo de todo no era el cielo naranja tragándose al sol entre nubes fluorescentes, muy cerca del cerro del Otero, más allá de la última de las casas del pueblo, donde las calles se transformaban ya en caminos. Ni siquiera, los reflejos que estampaban los últimos rayos del día en el lago Negro, donde los pescadores iban dejando sus puestos a los cazadores furtivos de cangrejos. Lo más llamativo ni siquiera era el oro imposible de los rizos de Inés, que estrenaba corte de pelo aquél viernes, saliendo de la peluquería con la cabeza bien alta y una sonrisa a mitad de camino entre la burla y el orgullo, paseando su coquetería por delante de los mozos del pueblo y de las viudas que la censuraban con miradas recias. Lo más llamativo, al menos para mí, era el rojo poderoso de los tiestos que presidían los ventanucos de la casa de Miranda, la hija de la panadera, que los había estado regando con más fe que eficacia durante el último verano, y que los había recuperado para envidia de su vecina, Lola Yomasquetú. Era un rojo tan intenso que se veía desde el otro lado de la plaza, y para mí era como una bandera izada de sana soberbia, de inocua venganza, de maravillosa cabezonería. Un rojo que justificaba toda el agua empleada día a día, todos los mimos y todo el empeño por continuar una empresa por la que nadie daba un gramo de abono. Por eso, cuando aquella tarde asomé por la esquina del Recio y vi aquel rojo resplandeciente, di la espalda al ocaso naranja, al lago Negro y a los rizos de Paula y me deleité con el empeño y éxito de aquella mujer y sus flores rojas, a la que todos los entendidillos habían dado tantos consejos y tan pocas soluciones.
Y nunca nadie más volvió a subestimarla.