La vacuna

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Me encanta pasear por Toledo. Cuando anochece, se iluminan sobre sus calles proyecciones que llaman la atención de los paseantes. Son símbolos y frases hebreas que marcan el antiguo contorno de la judería de la ciudad castellano-manchega. Me gusta ver a la gente sorprenderse con esos juegos de luces y sombras. Miran al suelo, leen, miran hacia arriba, buscan de dónde proceden esas luces tan llamativas, tan bonitas, tan especiales. Los niños son incansables: buscan y buscan, y animan a sus padres a unirse a su búsqueda, que se convierte en juego, aunque los padres permanecen más reacios, porque se supone absurdamente que un adulto no puede dejarse llevar por la sorpresa cotidiana. Pero, al final, casi todos entran en el jugo y sonríen.
Sonríen. Qué curioso. Sonríen. Qué fácil es. A nadie le molesta. ¿Y por qué iban a hacerlo unas simples líneas trazadas? Abrir las fronteras nos enriquece con culturas y personas, nos hace menos prepotentes y racistas. Es maravilloso escuchar sus historias, sus hábitos, sus modos de vida. Y, además, nos ofrece una apertura de miras que hace que los problemas ajenos sean los nuestros, y nos afecten tan cerca como si ocurrieran en nuestra propia casa. Porque de nada sirve haber mirado para otro lado durante décadas, haber hecho oídos sordos a los gritos de miles de personas durante tanto tiempo para ahora cerrar las fronteras para protegernos y dejar que el resto de mundo salte por los aires. ¿Esa es nuestra solución? ¡Qué absurdo! ¡Qué ingenuos! No, las fronteras no protegen. Las fronteras aíslan. Las fronteras dan una falsa sensación de seguridad. Las fronteras nos hacen más apetecibles. Nosotros podemos seguir viviendo aislados en nuestro mundo de fantasía, de ilusión, de consumismo, de iPhones, de tabletas y de seguros médicos privados. Podemos seguir siendo así de egoístas ante las barbaries que ocurren ahí afuera. Luego, cuando el virus traspasa nuestras fronteras (algo que tarde o temprano siempre ocurre, porque es inevitable), entonces y sólo entonces, nos echamos las manos a la cabeza. Y levantamos muros más altos, más fuertes, más inútiles. Mientras, el monstruo sigue creciendo, sigue alimentándose, sigue comiendo, sigue acabando con el mundo. Y nos olvidamos de que nosotros también somos parte del mundo, y cuando este tiembla o se rompe, tarde o temprano, nosotros temblaremos y nos romperemos. Porque las fronteras no pueden retener el aire, y todos respiramos el mismo. Como con el Ébola: cuando mataba miles de personas en África, miramos para otro lado, nos burlamos de las ONG que luchaban contra él, hasta que entró en nuestro territorio, y sólo entonces le hicimos caso.
Porque la solución nunca es el aislamiento, sino encontrar una vacuna verdaderamente eficaz.

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