Ecos

HEC_0173 (Copiar)

Me había metido ahí buscando un ángulo. No sabía ni dónde estaba. Sólo había visto una caseta con una abertura por la que nadie entraba. Así que me colé. Dentro, entre aquellas paredes desnudas, vi los pilones vacíos, los caños rotos, las mesas de piedra. Claramente era un lavadero cuya existencia hacía décadas que había dejado de tener sentido. Pero ahí seguía, como recuerdo de otras épocas tan pretéritas que muchos de los que paseaban a mi lado ignoraban qué se podía hacer ahí dentro. Yo sólo me asomé a una de sus ventanas y busqué el ángulo exacto para encuadrar una de las casas del pueblo. Tuve que ponerme de cuclillas y girar la cabeza. El triángulo del tejado de la construcción de enfrente quedó centrado, con sus impresionantes balcones de madera, sus vigas restauradas, sus tiestos repletos de flores. Y ningún humano fotografiado. Ningún humano físicamente, pero los veo por todos lados: están tan presentes en esas ventanas, en esos balcones, en esas barandillas… No veo escenario más humano. Pienso cómo han guardado la estética y la funcionalidad de su entorno. Y casi puedo escuchar el ruido del agua brotando de los caños, las mujeres fregotear en los pilones, los niños jugando por las calles empedradas… Hago la fotografía y me quedo unos segundos en silencio, con la cámara agachada, simplemente mirando y respirando. Pienso cuántas historias habrán nacido y muerto donde yo me encuentro, en el eco del pensamiento de aquellas gentes ya perdidas en el tiempo. Y me pregunto si el clic de mi cámara reposará también eternamente en este pequeño lavadero.

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