Archivo para enero, 2015

La vacuna

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Me encanta pasear por Toledo. Cuando anochece, se iluminan sobre sus calles proyecciones que llaman la atención de los paseantes. Son símbolos y frases hebreas que marcan el antiguo contorno de la judería de la ciudad castellano-manchega. Me gusta ver a la gente sorprenderse con esos juegos de luces y sombras. Miran al suelo, leen, miran hacia arriba, buscan de dónde proceden esas luces tan llamativas, tan bonitas, tan especiales. Los niños son incansables: buscan y buscan, y animan a sus padres a unirse a su búsqueda, que se convierte en juego, aunque los padres permanecen más reacios, porque se supone absurdamente que un adulto no puede dejarse llevar por la sorpresa cotidiana. Pero, al final, casi todos entran en el jugo y sonríen.
Sonríen. Qué curioso. Sonríen. Qué fácil es. A nadie le molesta. ¿Y por qué iban a hacerlo unas simples líneas trazadas? Abrir las fronteras nos enriquece con culturas y personas, nos hace menos prepotentes y racistas. Es maravilloso escuchar sus historias, sus hábitos, sus modos de vida. Y, además, nos ofrece una apertura de miras que hace que los problemas ajenos sean los nuestros, y nos afecten tan cerca como si ocurrieran en nuestra propia casa. Porque de nada sirve haber mirado para otro lado durante décadas, haber hecho oídos sordos a los gritos de miles de personas durante tanto tiempo para ahora cerrar las fronteras para protegernos y dejar que el resto de mundo salte por los aires. ¿Esa es nuestra solución? ¡Qué absurdo! ¡Qué ingenuos! No, las fronteras no protegen. Las fronteras aíslan. Las fronteras dan una falsa sensación de seguridad. Las fronteras nos hacen más apetecibles. Nosotros podemos seguir viviendo aislados en nuestro mundo de fantasía, de ilusión, de consumismo, de iPhones, de tabletas y de seguros médicos privados. Podemos seguir siendo así de egoístas ante las barbaries que ocurren ahí afuera. Luego, cuando el virus traspasa nuestras fronteras (algo que tarde o temprano siempre ocurre, porque es inevitable), entonces y sólo entonces, nos echamos las manos a la cabeza. Y levantamos muros más altos, más fuertes, más inútiles. Mientras, el monstruo sigue creciendo, sigue alimentándose, sigue comiendo, sigue acabando con el mundo. Y nos olvidamos de que nosotros también somos parte del mundo, y cuando este tiembla o se rompe, tarde o temprano, nosotros temblaremos y nos romperemos. Porque las fronteras no pueden retener el aire, y todos respiramos el mismo. Como con el Ébola: cuando mataba miles de personas en África, miramos para otro lado, nos burlamos de las ONG que luchaban contra él, hasta que entró en nuestro territorio, y sólo entonces le hicimos caso.
Porque la solución nunca es el aislamiento, sino encontrar una vacuna verdaderamente eficaz.


Arte

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El verdadero arte no mata la belleza de la Naturaleza.


Ecos

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Me había metido ahí buscando un ángulo. No sabía ni dónde estaba. Sólo había visto una caseta con una abertura por la que nadie entraba. Así que me colé. Dentro, entre aquellas paredes desnudas, vi los pilones vacíos, los caños rotos, las mesas de piedra. Claramente era un lavadero cuya existencia hacía décadas que había dejado de tener sentido. Pero ahí seguía, como recuerdo de otras épocas tan pretéritas que muchos de los que paseaban a mi lado ignoraban qué se podía hacer ahí dentro. Yo sólo me asomé a una de sus ventanas y busqué el ángulo exacto para encuadrar una de las casas del pueblo. Tuve que ponerme de cuclillas y girar la cabeza. El triángulo del tejado de la construcción de enfrente quedó centrado, con sus impresionantes balcones de madera, sus vigas restauradas, sus tiestos repletos de flores. Y ningún humano fotografiado. Ningún humano físicamente, pero los veo por todos lados: están tan presentes en esas ventanas, en esos balcones, en esas barandillas… No veo escenario más humano. Pienso cómo han guardado la estética y la funcionalidad de su entorno. Y casi puedo escuchar el ruido del agua brotando de los caños, las mujeres fregotear en los pilones, los niños jugando por las calles empedradas… Hago la fotografía y me quedo unos segundos en silencio, con la cámara agachada, simplemente mirando y respirando. Pienso cuántas historias habrán nacido y muerto donde yo me encuentro, en el eco del pensamiento de aquellas gentes ya perdidas en el tiempo. Y me pregunto si el clic de mi cámara reposará también eternamente en este pequeño lavadero.