Analógicamente digital

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Desde luego que me emociono con mi cámara Ensign Ful-Vue con casi setenta años de antigüedad. Nunca fue el paradigma de la Fotografía. Es simple, básica y tosca. Pero es maravilloso comprobar cómo esa pequeña y vetusta máquina responde a mis dedos con su característico y fiel clic. Es puro romanticismo por una Fotografía que ha forjado a muchos de nosotros: la del carrete, la de la tecnología analógica, la del laboratorio, la de la magia de ver imágenes aparecer de la nada, quizá después de varios días de espera. Una fotografía sentimental, química, que va más allá del simple contemplar los resultados, sino que disfruta de todo el proceso creativo, desde insertar el carrete entre las paredes metálicas de la vieja cámara hasta el guardado del papel en el álbum correspondiente. Una Fotografía maravillosa… y hoy completamente desfasada. Es verdad que de vez en cuando salgo con mi Ensign para quitarla las telarañas y no perder el contacto con las raíces fotográficas. Pero es puro capricho personal. A la hora de hacer Fotografía, nada como ni Nikkon D200 completamente digital. Y es que la Fotografía analógica es perfectamente válida en ciertas ocasiones, pero en las escapadas de campo normales, nada como lo digital. Es una osadía reconocerlo, y quizá parezca casi blasfemia, pero de igual manera que ya nadie realiza daguerotipos, quedarse atrás por simple empecinamiento en la era del carrete es ridículo. Ni siquiera lo entiendo como afición, con la llamada “lomografía”: lo que hace veinte años eran fotografías pasadas de tono, desenfocadas, desencuadradas y, en definitiva, mal hechas, hoy causan furor entre este tipo de aficionados. Pueden resultar curiosas algunas instantáneas, pero en general no comprendo que se ensalce la imperfección que durante tantas décadas han aborrecido los grandes fotógrafos y se deseche la perfección que no pudieron disfrutar. Hoy nosotros sí podemos, y sería absurdo dejar pasar una buena estampa por carecer de todos los parámetros, mediciones, revisiones y demás facilidades que permiten las réflex digitales, como esta fotografía realizada en Potes. Desde luego que se podía haber hecho con una cámara analógica, pero habría requerido más tiempo, dificultades, probabilidades de error y una inversión monetaria considerable. Y cuando uno tiene que hacer ciento cincuenta fotografías en una mañana… En definitiva, no entiendo la polémica (por otra parte manida y ya demasiado antigua) de la Fotografía analógica contra la digital (o viceversa). Ambas son válidas. A quien le guste lo analógico, fotografiará en analógico. Quien prefiera lo digital, apretará el disparador digital. Hay gente que trabaja maravillosamente en formato digital, y también siguen existiendo valientes románticos que usan el carrete de forma más que digna y profesional. Lo importante, que es lo que se olvida al final, son los resultados. Y si estos son óptimos, qué más da el proceso tecnológico. Si una fotografía es buena, ¿qué más da cómo se hizo? Es más: lo importante, además de los resultados, es el placer que siente el fotógrafo cuando ejerce su afición o profesión. En ese sentido, cada cual debe descubrir su “modus operandi”. Pero, claro está, al final lo que hay que defender es el resultado, y si alguien presenta un desenfoque, unos colores irreales o un desencuadre evidente, tiene que poder justificarlo con argumentos de peso, no colocando simplemente la etiqueta “lomografía”, y sintiéndose vintage. Porque no es lo mismo creerse innovador que intentar ocultar las carencias artísticas y creativas.

Eso se llama farsa, y se da en formato analógico y digital.

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