Archivo para noviembre, 2014

Incomprendida soledad

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Como cada vez el otoño se retrasa más, acaba por juntarse con los primeros coletazos del invierno. Así, a las puertas de diciembre, todavía encuentro estampas de hojarascas entre los fríos intensos de un diciembre que da sus primeros aldabonazos. Eso propicia que la luz intensa del otoño, otrora cruda y directa, sea hoy la de un día nublado, difuminado y débil, brindándome unos colores y una iluminación casi irreal que quería aprovechar para hacer una sesión otoñal típica pero diferente, captando un ambiente pictórico. A pesar de ser fin de semana, la lluvia espanta a los turistas, y puedo recrearme a última hora del día en un jardín desierto. Ah, grandiosa soledad, qué incomprendida eres. Quien no te teme es capaz de disfrutar del silencio de tu cuerpo y la belleza de tu presencia. Estos paseos solitarios son tan evocadores e infinitamente inspiradores… Mi cámara lo sabe bien. Vamos recorriendo este paraíso de hojas secas y ausencias paladeando cada rincón. La lluvia se fue hace algunos minutos, pero una bandada de pájaros alza el vuelo estruendosamente, asustada de mi presencia, y al salir pitando de los árboles mueve sus ramas descargando el agua acumulada en ellas. Y entonces vuelve a llover sobre mí, apenas unos segundos, y lo que sorprende no es la caída de esas gotas inesperadas, casi mágicas, sino el ruido que hacen. Un ruido concentrado sólo en un círculo a mi alrededor, de pocos metros, como un corazón delator de una tierra que tiembla. Y cuando gotas, pájaros y ruido se fueron, regresa el silencio, regresa la soledad. Y se percibe de otra manera. Sólo queda mirar por el visor y seguir buscando rincones en este otoño invadido de invierno, invadido de silencio, invadido de secretos.

Secretos que no compartiré, nunca, jamás, con nadie.


Imagen

Alzando el vuelo

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Analógicamente digital

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Desde luego que me emociono con mi cámara Ensign Ful-Vue con casi setenta años de antigüedad. Nunca fue el paradigma de la Fotografía. Es simple, básica y tosca. Pero es maravilloso comprobar cómo esa pequeña y vetusta máquina responde a mis dedos con su característico y fiel clic. Es puro romanticismo por una Fotografía que ha forjado a muchos de nosotros: la del carrete, la de la tecnología analógica, la del laboratorio, la de la magia de ver imágenes aparecer de la nada, quizá después de varios días de espera. Una fotografía sentimental, química, que va más allá del simple contemplar los resultados, sino que disfruta de todo el proceso creativo, desde insertar el carrete entre las paredes metálicas de la vieja cámara hasta el guardado del papel en el álbum correspondiente. Una Fotografía maravillosa… y hoy completamente desfasada. Es verdad que de vez en cuando salgo con mi Ensign para quitarla las telarañas y no perder el contacto con las raíces fotográficas. Pero es puro capricho personal. A la hora de hacer Fotografía, nada como ni Nikkon D200 completamente digital. Y es que la Fotografía analógica es perfectamente válida en ciertas ocasiones, pero en las escapadas de campo normales, nada como lo digital. Es una osadía reconocerlo, y quizá parezca casi blasfemia, pero de igual manera que ya nadie realiza daguerotipos, quedarse atrás por simple empecinamiento en la era del carrete es ridículo. Ni siquiera lo entiendo como afición, con la llamada “lomografía”: lo que hace veinte años eran fotografías pasadas de tono, desenfocadas, desencuadradas y, en definitiva, mal hechas, hoy causan furor entre este tipo de aficionados. Pueden resultar curiosas algunas instantáneas, pero en general no comprendo que se ensalce la imperfección que durante tantas décadas han aborrecido los grandes fotógrafos y se deseche la perfección que no pudieron disfrutar. Hoy nosotros sí podemos, y sería absurdo dejar pasar una buena estampa por carecer de todos los parámetros, mediciones, revisiones y demás facilidades que permiten las réflex digitales, como esta fotografía realizada en Potes. Desde luego que se podía haber hecho con una cámara analógica, pero habría requerido más tiempo, dificultades, probabilidades de error y una inversión monetaria considerable. Y cuando uno tiene que hacer ciento cincuenta fotografías en una mañana… En definitiva, no entiendo la polémica (por otra parte manida y ya demasiado antigua) de la Fotografía analógica contra la digital (o viceversa). Ambas son válidas. A quien le guste lo analógico, fotografiará en analógico. Quien prefiera lo digital, apretará el disparador digital. Hay gente que trabaja maravillosamente en formato digital, y también siguen existiendo valientes románticos que usan el carrete de forma más que digna y profesional. Lo importante, que es lo que se olvida al final, son los resultados. Y si estos son óptimos, qué más da el proceso tecnológico. Si una fotografía es buena, ¿qué más da cómo se hizo? Es más: lo importante, además de los resultados, es el placer que siente el fotógrafo cuando ejerce su afición o profesión. En ese sentido, cada cual debe descubrir su “modus operandi”. Pero, claro está, al final lo que hay que defender es el resultado, y si alguien presenta un desenfoque, unos colores irreales o un desencuadre evidente, tiene que poder justificarlo con argumentos de peso, no colocando simplemente la etiqueta “lomografía”, y sintiéndose vintage. Porque no es lo mismo creerse innovador que intentar ocultar las carencias artísticas y creativas.

Eso se llama farsa, y se da en formato analógico y digital.


Hércules y la Hidra

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Fotografía tomada en 2014 con una Ensign Ful-Vue de 1946.


La Plazuela, 1946 *

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* Fotografía tomada en Aranjuez en 2014 con una Ensign Ful-Vue de 1946.


No será inteligente, pero…

Aranjuez Ensign (Copiar)

No deja de llamarme la atención que mi cámara Ensign, aunque no es extrafina, ni tiene bluetooth, GPS, Internet ni está súperconectada al festival de las vanidades y la fiesta del egocentrismo que llaman “redes sociales”, tenga casi setenta años y siga haciendo fotografías. Y mi teléfono “inteligente” no dure ni tres años…


Historias fotográficas (Carlos Miguel Martínez)

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Llevaba algún tiempo queriendo hacerme con algún ejemplo de las primeras revistas sobre Fotografía publicadas en España. Tras descartar el primer volumen encuadernado de “Sombras” (1948) por el elevado precio que pedía su propietario, apareció ante mí la gran oportunidad de hacerme con los doce primeros números de la mítica “Arte fotográfico” (AF), correspondientes a 1952, encuadernados en la época y componiendo un libro de más de quinientas páginas. El más que justo precio (1,40 euros) hizo que lo comprara aun sin tener en cuenta la advertencia del vendedor (una tienda de libros antiguos de Madrid): “Tiene el nombre del anterior propietario en la cubierta”. En esta clase de revistas de segunda (o tercera) mano, coleccionadas y encuadernadas por sus propietarios décadas atrás, es algo relativamente común. Cuando al fin me llegó por mensajería y desenvolví el paquete, sobre las desgastadas tapas marrones del libro apareció ese nombre en la cubierta: “Carlos Miguel Martínez”, grabado con letras doradas. Lo introduje en un buscador de Internet y aparecieron varios artículos, reportajes y algún blog que reivindicaba su “injustamente marginada obra”. Y es que resulta que Carlos Miguel Martínez fue un fotógrafo, escritor y humanista que desarrolló su creatividad desde los años 60 como miembro de la Real Sociedad Fotográfica de Madrid (RSF) y, descontento con ella por el estatus conservador de las juntas directivas homologadas por el régimen fascista de Franco, ingresó en la famosa Escuela de Madrid, un grupo alternativo que dejó una vasta obra expuesta en el Museo Municipal de Arte Contemporáneo de Madrid. Dentro de esa idea de dejar atrás los anticuados valores de la RSF, creó junto a reconocidos fotógrafos de la época (como el famoso Sigfrido de Guzmán) el grupo fotográfico “La Colmena”. Pero no estar dentro de la oficialidad de la RSF les llevó prácticamente al olvido y a la marginalidad. El franquismo terminó por enmudecer esta corriente fotográfica, y desgraciadamente la democracia no ha sabido devolverles la voz, pese a algunos tímidos intentos, como la pequeña y reciente exposición en el Museo Nacional Reina Sofía de Madrid. Afortunadamente, hoy la ausencia de la censura nos permite, al menos, investigar por nuestra cuenta y conocer aquello que en su día fue silenciado o marginado. Todavía sé muy poco de este fotógrafo y su obra. Me comprometo a investigar y estudiar su influencia y aportación a la Fotografía española. Pero no puedo dejar de imaginar que hace 62 años, un Carlos Miguel Martínez de 27 llevó a su tienda los doce números de Arte Fotográfico, que a buen seguro había devorado, para que se los encuadernaran, y pidió que grabaran su nombre con letras doradas en la cubierta. Sólo diez años después crearía junto a sus compañeros “La Colmena”. Hoy, ese volumen está en la estantería de mi casa.

Y ese defecto del que me advertía el vendedor se ha convertido, al menos para mí, en un valor añadido.