El espectro

HEC_0184 (Copiar)

En el pequeño pueblo montañés, un cerro cercano dominaba el paisaje. Se elevaba sobre la aldea protegiéndolo y vigilándolo. Estaba tan cerca que algunas casas nacían en sus faldas. No era muy alto, en absoluto. Creo que se podría ascender andando sin muchas complicaciones, pero por alguna razón (afortunadamente) no había sido aprovechado ni urbanizándolo ni cultivándolo. Y no tenía vegetación aparentemente interesante. Ni árboles ni arbustos, aunque sí unas coloridas flores que, aun en pleno verano, seguían mostrando algunos destellos interesantes. Era un cerro como otro cualquiera. Pero en todo él sólo había un árbol. Poderosamente llamaba la atención porque, prácticamente desde cualquier calle del pueblecito, se le podía ver ahí arriba. Parecía un esqueleto, pues estoy casi seguro de que la vida le abandonó hacía mucho tiempo y quedó ahí, erguido, con sus huesudos brazos retorcidos sin proyectar sombra alguna. Sabía que tenía que fotografiarlo, pero todas las tomas me parecían insípidas. La regla de los tercios, demasiado típica. Experimentos varios, demasiado incomprensibles. Tomas generales, demasiado “postales”. Finalmente, la toma vertical, centrando el árbol como si fuera un personaje (y creo que lo es), me hizo pensar en un anciano arraigado tan profundamente a su tierra que murió sin darse cuenta, y sigue de pie, quién sabe si como un espantapájaros, como una vieja leyenda o como un espectro, contrastando fuertemente con el colorido floral que lo rodea, metáfora de la nueva vida que nace a sus pies, eternamente. Confieso que cuando volví al hotel y descargué esta imagen, suspiré al comprobar que, efectivamente, el árbol había quedado impreso en el sensor de mi cámara y no había sido una mala pasada de mi cerebro, tan enfermo de imaginación que, literalmente, cada vez más a menudo confunde fantasía y realidad. Pero de eso hablaré otro día. Hoy él es mi protagonista, mi fantasma de madera, mi espectro, mi retorcida realidad.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.