La cadena

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A estas alturas ya deberíamos haber encendido la calefacción. Recuerdo que en los 90 vestíamos jerséis en mi cumpleaños e incluso nos abrigábamos al salir a la calle. Hoy, una semana después, seguimos de manga corta, aunque ya han llegado las primeras lluvias y, con ellas, las primeras bajadas de temperaturas. Dentro de poco, tiritaremos. En los pueblos de montaña se preparan con buenas dosis de troncos. Esta imagen es del verano, pero los zaguanes de muchas viviendas ya estaban bien abastecidas de leña. De esta vivienda me llamó la atención el pulcro orden dentro del caos maderero. Los tarugos perfectamente apilados, casi me atrevería a decir que clasificados. Pero, sobre todo, esa cadena de hierro colgando en primer término, diciéndonos a los foráneos que el turismo acaba ahí, que no somos bienvenidos más adentro. No hay cerramiento de aluminio alguno, ni acristalamiento, ni costosas barreras de seguridad. Una simple cadena perfectamente franqueable nos indica claramente en un idioma universal que ese universo pertenece al ámbito privado. Puedo imaginarme a un anciano abrir la puerta del fondo y salir a por un tronco para calentar el salón. Comprobar que la cadena sigue puesta y respirar tranquilo. Por mi parte, sólo me llevaré de aquí esta imagen y un nuevo concepto de respeto, tal débil como leal.

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