Recuerdos genéticos

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Y era por eso que quizá estuviéramos todos equivocados. Todos, tan borregos. Todos, tan sabios. Todos, tan nuestros. Tanto, que caminábamos sin mirar atrás por la senda. La senda del viento. Esa senda que recorrieron nuestros ancestros, tan cansados, muertos y vivos al mismo tiempo, que escupían sus almas rebuznando consuelos perdidos, cuando en la aldea ya sólo quedaban los rescoldos de un fuego dormido, porque nadie se acordó de alimentarlo para que siguiera crepitando, recordándolos que todavía quedaba demasiado tiempo que quemar en las noches más oscuras y frías, y aun menos esperadas y soñadas. Todo era largo. La oscuridad, larga. La incertidumbre, larga. El hambre, larga. Era un deambular continuo esperando la tumba final, sin más alicientes que la duda de poder seguir comiendo, de poder seguir durmiendo, de poder seguir viviendo. Ese silencio eterno. Ese pasar desapercibido para ir sobreviviendo. Inadvertidos. Pero eso fue hace siglos, milenios. Hoy no queda nada de aquello. Ni bagaje ni instintos. Ni genética ni cultura. Todo está ya enterrado. Profundamente. Muy hondo. Para que nuestros genes no lo recuerden. Porque ahora somos nosotros los que recorremos esta senda del viento. Y por eso hacemos todo el ruido que podemos. Gritamos, cantamos, reímos… Que se nos oiga bien. El silencio nos mata. Afán de protagonismo. ¡Ya estamos aquí! Y se acabó la paz. Y era por eso que quizá estuviéramos todos equivocados y seguíamos andando, tanto sin mirar atrás como aun sin mirar hacia dentro. Pero siempre, por supuesto, cargando sangre, piel, vísceras, excrementos y miedos sobre nuestros mismos huesos.

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