La quietud del mar

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En las proximidades del fin del camino parecía que íbamos directos al cielo. Era una de esas carreteras estrechas y tan empinadas que uno no sabe si al otro lado del cercano horizonte hay algo o sólo un enorme barranco por el que despeñarse sin remedio. Había algo: una baranda de madera. Y también había un barranco por el que no nos despeñamos, sino desde el que contemplamos la extraña quietud del mar visto a distancia. Es una quietud irreal, pues en verdad sí hay movimiento. Pero la lejanía nos proyecta la percepción de que el mar lo hace tan lentamente que juega a congelarse. Las olas van y vienen a cámara lenta y se estrellan contra las rocas fotograma a fotograma. El espacio que nos separa también hace que el sonido no nos llegue, aumentando la sensación de ser una fotografía a tamaño natural. Tintes rosados comienzan a nacer en un horizonte crepuscular. Los árboles parecen reptar hasta casi la misma agua. Cierro los ojos y pesa sobre mí esa inquietante sensación de saberse a muchos kilómetros de casa. Escucho el susurro del viento y respiro hondamente la sal del ambiente. El olor a mar, inimitable. Creo que podría aparecer Rosa en cualquier momento. O Ramón. Cualquiera de mis personajes, quién sabe, si hubieran vivido en alguna dimensión que no fuera bidimensional. Creo que podría abrir un libro antiguo del que caería una ramita de romero. Y siento, de verdad, que esta podría ser la Playa de tus sueños.

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