Tratos con la montaña

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Habíamos pasado tanto tiempo juntos que los kilómetros ya eran nuestros compañeros de viaje. Recorrimos autovías, carreteras y caminos. Y llegamos al anfiteatro de rocas. Un anfiteatro natural, glaciar, moldeado durante miles de años. Uno siente sobre sus hombros la insignificancia de su existencia en el espacio, pero también en el tiempo: pequeñez y mortalidad se dan la mano intimidadas ante la majestuosidad de un paisaje que se sabe eterno y presume de ello. No somos más que hormigas que escalamos sus pies y hacemos cosquillas a su barriga. Y enredado en estos pensamientos, de repente, un mar de nubes va desbordándose por entre los picos, cayendo lentamente como nebulosas cascadas que se nos van echando encima. Como un tsunami etéreo. Blanco. Inmaculadamente blanco. Y dejamos que el caos nos atrape durante unos minutos. Ya llega la lluvia. Tímida y traidora suelta las primeras y leves gotas para confiarnos. Cuando los elementos son más adversos, más parece aumentar la belleza. Dura negociación: mójate y te daré lo que buscas. Dame algo a cambio, parece decir la montaña. Sólo cuando se lo damos, nos deja ir. Y entonces, con la cámara bañada de gotas, nos vamos. Pero sin poder dejar nunca de mirar atrás.

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