Hablar con el mar

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Se había sentado a hablar con el mar. Y el mar le devolvía las voces de sus seres queridos: su madre, siempre preocupada. Sus hermanos, siempre trabajando. Incluso su hija. Su pequeña hija, que apenas se había aprendido la cara de su padre y ya tuvo que decirle adiós, balbuceaba por el móvil en un extraño idioma que sólo ella entendía. A él le bastaba para seguir creyendo. “Me voy al otro lado”, le dijo semanas atrás. Y el otro lado era más lejano de lo que sus palabras intentaban maquillar. Pero ya estaba al otro lado y el mar le devolvía a través del teléfono los sonidos de un infierno que paradójicamente extrañaba. Qué ironía. ¿Cómo se puede echar de menos un infierno? Una ola y otra ola y otra. Un horizonte de agua. Calima. Niebla. Y en el fondo, mezcladas, esperanzas, tristezas y sal. Por eso, cada tarde, daba la espalda a tierra firme y se sentaba a hablar con el mar. Y nadie tenia derecho ni se atrevía a turbar su soledad.

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