Archivo para septiembre, 2014

Belleza natural

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Lo bello no busca llamar la atención.


La quietud del mar

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En las proximidades del fin del camino parecía que íbamos directos al cielo. Era una de esas carreteras estrechas y tan empinadas que uno no sabe si al otro lado del cercano horizonte hay algo o sólo un enorme barranco por el que despeñarse sin remedio. Había algo: una baranda de madera. Y también había un barranco por el que no nos despeñamos, sino desde el que contemplamos la extraña quietud del mar visto a distancia. Es una quietud irreal, pues en verdad sí hay movimiento. Pero la lejanía nos proyecta la percepción de que el mar lo hace tan lentamente que juega a congelarse. Las olas van y vienen a cámara lenta y se estrellan contra las rocas fotograma a fotograma. El espacio que nos separa también hace que el sonido no nos llegue, aumentando la sensación de ser una fotografía a tamaño natural. Tintes rosados comienzan a nacer en un horizonte crepuscular. Los árboles parecen reptar hasta casi la misma agua. Cierro los ojos y pesa sobre mí esa inquietante sensación de saberse a muchos kilómetros de casa. Escucho el susurro del viento y respiro hondamente la sal del ambiente. El olor a mar, inimitable. Creo que podría aparecer Rosa en cualquier momento. O Ramón. Cualquiera de mis personajes, quién sabe, si hubieran vivido en alguna dimensión que no fuera bidimensional. Creo que podría abrir un libro antiguo del que caería una ramita de romero. Y siento, de verdad, que esta podría ser la Playa de tus sueños.


Almirante

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De tal pájaro…

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Tratos con la montaña

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Habíamos pasado tanto tiempo juntos que los kilómetros ya eran nuestros compañeros de viaje. Recorrimos autovías, carreteras y caminos. Y llegamos al anfiteatro de rocas. Un anfiteatro natural, glaciar, moldeado durante miles de años. Uno siente sobre sus hombros la insignificancia de su existencia en el espacio, pero también en el tiempo: pequeñez y mortalidad se dan la mano intimidadas ante la majestuosidad de un paisaje que se sabe eterno y presume de ello. No somos más que hormigas que escalamos sus pies y hacemos cosquillas a su barriga. Y enredado en estos pensamientos, de repente, un mar de nubes va desbordándose por entre los picos, cayendo lentamente como nebulosas cascadas que se nos van echando encima. Como un tsunami etéreo. Blanco. Inmaculadamente blanco. Y dejamos que el caos nos atrape durante unos minutos. Ya llega la lluvia. Tímida y traidora suelta las primeras y leves gotas para confiarnos. Cuando los elementos son más adversos, más parece aumentar la belleza. Dura negociación: mójate y te daré lo que buscas. Dame algo a cambio, parece decir la montaña. Sólo cuando se lo damos, nos deja ir. Y entonces, con la cámara bañada de gotas, nos vamos. Pero sin poder dejar nunca de mirar atrás.


Marea baja

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Nos recibió con marea baja. Inédita. Desnudó sus arenas para dejarnos ver sus entrañas mojadas. Más tarde nos dijeron que hacía años que el mar no se retiraba tanto. El Cantábrico tímido se asustaba por unos días y sorprendió a los lugareños. Pero nosotros, foráneos, ni lo notamos: era un mar nuevo en una ciudad nueva. No teníamos recuerdo alguno de esas tierras, de esas aguas. Lo extraño se convierte en normal ante quien no tiene referentes. Pasado, presente y futuro tienen, para el viajero primerizo, el mismo significado. Así que, para nosotros, ese extraño mar era un mar normal. Esa marea baja era nuestra marea normal. Esa arena desnuda era nuestra playa normal. Y en realidad éramos nosotros los extraños.


Hablar con el mar

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Se había sentado a hablar con el mar. Y el mar le devolvía las voces de sus seres queridos: su madre, siempre preocupada. Sus hermanos, siempre trabajando. Incluso su hija. Su pequeña hija, que apenas se había aprendido la cara de su padre y ya tuvo que decirle adiós, balbuceaba por el móvil en un extraño idioma que sólo ella entendía. A él le bastaba para seguir creyendo. “Me voy al otro lado”, le dijo semanas atrás. Y el otro lado era más lejano de lo que sus palabras intentaban maquillar. Pero ya estaba al otro lado y el mar le devolvía a través del teléfono los sonidos de un infierno que paradójicamente extrañaba. Qué ironía. ¿Cómo se puede echar de menos un infierno? Una ola y otra ola y otra. Un horizonte de agua. Calima. Niebla. Y en el fondo, mezcladas, esperanzas, tristezas y sal. Por eso, cada tarde, daba la espalda a tierra firme y se sentaba a hablar con el mar. Y nadie tenia derecho ni se atrevía a turbar su soledad.