Henri

HEC_0136 (Copy)

Hablabas en blanco y negro. Palabras diseñadas en escalas de grises que dejabas caer al mundo, ese extraño lugar donde jugaste a ser niño indiscreto con zapatos y arrugas de hombre. El hombre invisible con su cámara de fotos que llegaba sigiloso, disparaba cauto y se iba silencioso sin que nadie se diera cuenta. Hablabas de guerra, pero no mostrabas cadáveres, casi nunca sangre. Hablabas de las desgracias ajenas, la pobreza, los desheredados, los desterrados, la miseria de gentes escupidas por una patria amarga, traidora. Banderas, todas y cada una de ellas perdían su estúpido significado, porque tú preferías el blanco y el negro. Veías lo que nadie veía, la geometría, los juegos de luces, la perfecta composición de las líneas en el visor. Esas técnicas hoy tan dramáticamente pisoteadas por tantos ineptos que se creen fotógrafos, que aprietan disparadores como quien aprieta su nalga para rascarse. Tú sabías que fotografiar es igual que el buen comer y el buen beber: sólo tienen sentido con moderación, con estilo, con degustación exquisita. Por eso tus fotografías era, son (serán), referencias para aprender este arte. Igual que Orson Welles enseñó no sólo a los directores hacer cine, sino al público a disfrutarlo, tú eres imprescindible para comprender qué es la Fotografía. Nos has ensañado la gramática, la ortografía, la sintaxis de las imágenes. Jugaste con el tiempo inventando historias quietas, poesías mudas, versos insonoros. Diste sentido al caos de este mundo y a nuestras propias vidas.

Hace diez años que nos dejaste huérfanos, pero sigues presente, siempre, más que nunca, en las cámaras más curiosas de nuestras retinas.

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