La ceguera

Por lo visto, el día del patrón Santiago más de veinte mil almas ávidas de zambullidas acudieron a las lagunas de Ruidera (…). Los excursionistas en riada se desparramaban por las orillas. Las masas en rebeldía han hollado uno de los paisajes más hermosos del ruedo peninsular. La quietud y silencio de las lagunas ha periclitado. Y uno se pone a tiritar y tiene miedo a que le dé alferecía. Veinte mil personas asaltando unas riberas (…) entendemos que es demasiado. No es posible distribuir en el paraje esa multitud, como no sea de modo anárquico, y que cada uno campe por sus respetos. Se vislumbraba antaño este acontecimiento, esta plenitud de domingueros y festeros, y apenas nada se hizo para recibirla. (…) Sí, porque es obligación ineludible defender un paisaje apacible y recoleto, al margen del de la alta montaña, las frías aguas de sus lagunas históricas, sus frondas, sus encinares y choperas, sus arbolitos pasmados que miran el fondo de las aguas cantarinas. Cumple defender los patos nadadores con sus gritos fatuos y hasta los bandos viajeros de perdices otoñales que cruzan por el azul hacia las cercanas florestas y boscajes. Y me pongo a pensar que tras la retirada de la muchedumbre, devota del apóstol adalid, todas las personas razonables se habrán quedado perplejas. Uno intuye un paisaje ultrajado por los irresponsables y los adictos a las escombreras. Veinte mil almas son demasiadas para Ruidera. Repito que todavía tengo miedo a las convulsiones de la alferecía.

“ERO”. La Vanguardia, sábado 30 de julio de 1988

Han pasado veintiséis años y muchos ciegos, irresponsables e irracionales todavía no se dan cuenta.

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