Archivo para julio, 2014

Corrala

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 El 21 de octubre del presente año un término madrileño muy conocido por sus vecinos entrará a formar parte del diccionario de la Real Academia Española (RAE): corrala. Se trata de un tipo de construcción popular y antiguo, constituido principalmente por un portalón que da acceso a un gran patio interior circundado por galerías abiertas, casi siempre de madera, por las que se accede a cada vivienda. Una de las muchas particularidades de estos espacios vecinales es que, desde la calle, la construcción no difiere de cualquier edificio, con una fachada aparentemente simple. Pero el interior guarda un gran espacio abierto donde la comunidad convive tranquilamente: los niños juegan frente a la vivienda de sus padres, los mayores charlan plácidamente sentados en sus sillas de madera… Nos cuentan los propios vecinos algunas de las historias de sus vidas en estos lugares tan pintorescos: si alguien caía enfermo, recibía las atenciones de todos los vecinos; si había fiesta, varias casas improvisaban pistas de baile y se preparaban guateques; si caían bombas del cielo (la maldita guerra…), se refugiaban todos juntos… Nos hablan de esa unidad vecinal en tiempos difíciles, de la necesidad de supervivencia en tiempos duros, de la confraternidad desinteresada… Sé que obvian (consciente o inconscientemente) los aspectos negativos, las peleas, las envidias, los enfados, los conflictos. Es normal cuando uno recuerda con añoranza un modo de vida prácticamente desaparecido, aunque todavía quedan bastantes ejemplos en mi Aranjuez natal y en el Madrid capital. Y no puede dejar de divertirme que ahora, cuando muchas de estas corralas desaparecen ante la indiferencia institucional, la RAE incluya su definición en su diccionario.


La ceguera

Por lo visto, el día del patrón Santiago más de veinte mil almas ávidas de zambullidas acudieron a las lagunas de Ruidera (…). Los excursionistas en riada se desparramaban por las orillas. Las masas en rebeldía han hollado uno de los paisajes más hermosos del ruedo peninsular. La quietud y silencio de las lagunas ha periclitado. Y uno se pone a tiritar y tiene miedo a que le dé alferecía. Veinte mil personas asaltando unas riberas (…) entendemos que es demasiado. No es posible distribuir en el paraje esa multitud, como no sea de modo anárquico, y que cada uno campe por sus respetos. Se vislumbraba antaño este acontecimiento, esta plenitud de domingueros y festeros, y apenas nada se hizo para recibirla. (…) Sí, porque es obligación ineludible defender un paisaje apacible y recoleto, al margen del de la alta montaña, las frías aguas de sus lagunas históricas, sus frondas, sus encinares y choperas, sus arbolitos pasmados que miran el fondo de las aguas cantarinas. Cumple defender los patos nadadores con sus gritos fatuos y hasta los bandos viajeros de perdices otoñales que cruzan por el azul hacia las cercanas florestas y boscajes. Y me pongo a pensar que tras la retirada de la muchedumbre, devota del apóstol adalid, todas las personas razonables se habrán quedado perplejas. Uno intuye un paisaje ultrajado por los irresponsables y los adictos a las escombreras. Veinte mil almas son demasiadas para Ruidera. Repito que todavía tengo miedo a las convulsiones de la alferecía.

“ERO”. La Vanguardia, sábado 30 de julio de 1988

Han pasado veintiséis años y muchos ciegos, irresponsables e irracionales todavía no se dan cuenta.


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Telaraña

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Un nuevo día

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Ante ustedes, un nuevo día.


Libisosa

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Extraño es el empeño del ser humano en recuperar aquello que ha abandonado. Olvidamos monumentos, edificios, ciudades… Olvidamos historias, recuerdos, supersticiones… Olvidamos nuestro propio pasado. Y lo enterramos todo en parajes que dejamos a su azar durante décadas, durante siglos. Mudamos nuestras vidas a otras tierras, otras ciudades, otros lugares. Y de repente un día, por una casualidad, nos acordamos de que una vez habitamos en un otero, un cerro testigo que se levanta con la fidelidad que nosotros no fuimos capaces de conservar. Y decidimos sacarlo todo a la luz de nuevo: escarbamos y aparecen calles, avenidas, templos, viviendas. Escarbamos y también aparecemos nosotros en forma de huesos. Aparece nuestro pasado olvidado, las ruedas de nuestros carros, las puntas de nuestras flechas, los vasos de nuestros labios. Aparece nuestra insignificancia y nuestra magnificencia. Todo, siempre y nunca, al mismo tiempo. Todo, siempre y nunca, bajo el mismo cielo.
Yo nunca había pisado estas tierras, pero siento como si fuera un reencuentro. Las nubes juegan a iluminar el escenario de nuestra locura, encendiendo y apagando el paisaje, con el mágico dramatismo que sólo ellas otorgan al horizonte. Y hoy, quizá sin venir a cuento, en la antigua Libisosa, me pregunto quién heredará mi cámara cuando yo forme parte de ellas.


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Funámbula

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Ha vuelto el necio

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Ya ha vuelto el necio. Ha vuelto; y con él, las necedades. Ha vuelto el necio rebuznando estupideces. Ha vuelto; y con él, el pestilente aliento de sus mentiras. Dice tópicos el necio, y alguno se los ríe cómplice. Y es que el necio tiene la extraña y dudosa virtud de destapar a otros necios (¿O de engañar a ingenuos?, dudo). Y los necios se juntan a decir necedades. Y ríen y hablan alto, imponiendo sus fanfarronerías, que es como ríen y hablan los malnacidos acomplejados. Porque ya ha vuelto el necio y huye la razón echando pestes. Ha vuelto el necio imponiendo su opinión, tan autoritaria y altanera como de escaso valor. Ha vuelto el necio y vomita sus imbecilidades, su prepotencia, su racismo, sus palabras cargadas de mierda, su machismo. Ha vuelto defecando toda su falacia, creyéndose adalid de la verdad. Y muestra esta ridícula sonrisa de ridículo cerdo que camina a dos patas. Muestra su asquerosa sonrisa porque sabe que nadie le callará la boca, pues es más grande que su diminuto cerebro de simio vestido de calle. Y porque en el fondo es agotador e inútil darle caviar a un gorrino. Él preferirá seguir revolcándose en la propia mierda de su propias palabras .
Así que ha vuelto el necio diciendo necedades. Pero ignora que todos se ríen de él a sus espaldas, que hablamos de su incompetencia, su chulería, su mala educación, su estirado cuello, la inutilidad de su existencia, su incapacidad de razonamiento, el despilfarro que supone quien mucho pide y nunca nada ofrece. Ahí va el necio, y deja a su paso un campo yermo, ruinas y desamparo, que es lo que dejan los estúpidos egoístas que sólo piensan en sí mismos. Tierras baldías en las que el necio tendrá que cultivar sus propios frutos, siempre secos, siempre envenenados. Y morirá de viejo y odio, de muerte artificial, de sed irracional, de engaño y abandono.

Porque el necio, al fin y al cabo, también es el mayor de los ignorantes.