Ruinas

HEC_0148 (Copy)

Invadiendo el interior que nunca debió iluminar, descubrió el sol las entrañas putrefactas del monstruo ya cadáver. Nadie velando el cuerpo. Nadie acordándose de él. Las vigas de madera cayendo desde lo alto, desde un techo desbaratado que poco a poco fue sucumbiendo al viento, a la lluvia, al olvido. Fueron flechas que ametrallaron la piel de cemento de sus órganos vacíos, atrofiados, anquilosados. Desmembrado cadáver que los buitres reciclaron en una nocturna samba furtivamente silenciosa, sacando los ojos al monstruo, quitándole sus dientes de oro para venderlos al peso. Un anciano se acerca y recuerda: “El estruendo era tremendo. El agua bajaba por debajo del suelo, empujando las turbinas, moviendo los engranajes. Todo retumbaba. Los mandos señalaban presiones y mediciones, producción, electricidad. Era magia. Aquí nadie sabía lo que era una bombilla.” El monstruo mató cuatro lagunas en nombre del progreso que trajeron los alemanes; las desaguó sin miramientos y, en su promesa de tiempos mejores, se llevó por delante patos, garzas y demás animales que quedaban atrapados en los canales de abastecimiento y causaban no pocas averías en las turbinas, hasta que instalaron rejillas en las compuertas, donde se apelotonaban los cadáveres descompuestos de la fauna lacustre. Esperpéntico panorama de destrucción. El monstruo engulló hasta que le jubilaron cuando la lógica y, sobre todo, su limitada producción no saciaron a la creciente población. Y ahí se quedó: solo, abandonado, congelado en el tiempo. Ciento doce años de historia convertidos en un pequeño anciano de mampostería, hierros, maderas y errores. Y así, ¡plaf!, de un plumazo, de la noche a la mañana, ya no queda nada. Nadie conocerá esta historia. Ahora es sólo un cadáver pudriéndose al sol, hasta que sólo queden cenizas, hasta que la naturaleza recupere el espacio que le robaron, y la memoria se quede un poco más huérfana, un poco más pobre, un poco más muerta.

Un poco más en ruinas.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.