Las manos sobre las piedras

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Aprieta el calor en este Campo de Montiel que llaman al centro de La Mancha. Escenario de batallas milenarias, romances, pasiones, conquistas y traiciones. Aprieta el calor y el sol juega con las nubes a iluminar y ensombrecer las tierras pobladas de Lezuza. Se levanta cercano un leve cerro circular desde el que contemplamos la estampa del pequeño y modesto pueblo. Aquí, justo aquí, no hace ni veinte años, descubrieron un yacimiento arqueológico que dejó perplejos a los expertos. De las entrañas del otero aparecieron ánforas, vasijas, vasos, botijos, ruedas… Barrios, casas, murallas… Una ciudad completa: Libisosa. Cien mil objetos inventariados. La tierra, de repente, habló a gritos. Y nos contó historias de oretanos, íberos, romanos, medievales… Pero los expertos aseguran que todavía queda más del noventa por ciento del yacimiento por excavar. Y uno se pregunta: ¿qué secretos pueden guardar aún los terrenos que hoy pisamos? La recreación de una columna del foro romano contrasta con las construcciones del pueblo. Me agacho y busco ese ángulo que superponga ambos lugares. Espero a que la iluminación sea la que yo quiero, dejando pasar las nubes para que el sol incida de lleno en la columna y las sombras oscurezcan el pueblo. El pasado y el presente se dan la mano en la distancia. A diferentes niveles. En todos los sentidos. Reduzco la amplitud de campo para desenfocar el pueblo moderno al fondo. Pero es esa conjunción de arquitecturas, de épocas y de vidas la que presenta más paradojas. No sé si dentro de doscientos o trescientos años el actual pueblo de Lezuza será también desenterrado por arqueólogos. No sé si se llegará a desenterrar completamente Libisosa. No sé qué sentido tiene admirar en el museo el collar que alguien hizo hace decenas de siglos. No sé exactamente qué significado tiene esta reconstrucción de una columna romana olvidada en medio de La Mancha.

Sólo sé que lo importante no son las piedras, sino las manos que las dieron forma.

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