La encina (I)

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El fin del día alargó su sombra casi hasta el infinito. Pero la encina seguía midiendo lo mismo que al amanecer. El paso del tiempo tiene otro significado en sus centenarios brazos. El viento que mueve sus ramas se pasea por esta existencia con otros motivos que despeinar sus hojas. Es una leve caricia, un fragmento de tiempo que ya es efímero. Porque la encina seguirá proyectando sombra cuando ya ninguno de nosotros estemos ni seamos. Porque lo lleva haciendo muchas décadas antes de que ninguno de nosotros respirásemos por primera vez.
Es este cielo enmarañado de recuerdos que me pesa en la espalda. Es esta moqueta verde de esperanza la que me quema el alma. O quizá, sólo una mentira. O quizá, sólo un error. O probablemente, esta canción que martillea mis tímpanos hasta perforarlos de añoranzas. ¿Y quién soy yo para juzgarme? No tengo derecho a destruir la primera impresión que me causé cuando me miré en el espejo. Y qué más da si ni la encima reconoce su propia sombra. Porque ni siquiera sabe que la proyecta. Porque, a ojos de un estúpido humano, es inmortal.

Y ni sabe ni nunca sabrá lo que son los remordimientos.

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