Alicante

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Si uno cuenta con la suerte de tener amigos como Ángel Valero, tiene asegurada una visita a su ciudad, que es su propio tesoro. Y con esa pasión que brilla en los ojos del enamorado de su propia tierra, nos va llevando por aquellos rincones que rezuman historia e historias. Nos encontramos así con una ciudad, Alicante, que se abre más allá del tradicional concepto de sol y playa que nos han vendido durante años. Un concepto que desde luego posee, pero que eclipsa muchos otros valores y tesoros que el viajero más perspicaz podrá descubrir sin esfuerzo. Sin tiempo para adentrarnos en aquellas montañas, grutas, rutas y rincones verdes y húmedos que expone minuciosamente en su entrañable blog, Por ahí no es, Ángel nos lleva a la joya de la corona de la capital: el castillo de Santa Bárbara. Una ascensión en la que contemplamos bellas estampas de la ciudad mediterránea esparcida por la costa, como un ser que vive y respira, pero sobre todo que bebe del mar. Las recientes remodelaciones nos permiten ser privilegiados turistas que redescubren unas piedras otrora olvidadas, pero hoy recuperadas para júbilo de la ciudad y, sobre todo, de sus habitantes, que han mirado siempre estas murallas con disparidad de sentimientos a lo largo de las décadas. Según Ángel nos va enseñando su pequeño rincón del mundo, con esa mirada crítica y concisa de quien se atreve de denunciar lo que está incorrecto o nunca debió de ser, vamos imaginando épocas y hechos. Imaginamos el sufrimiento de presos que nunca debieron ser presos, huidas y temores grabados en piedra. Y la memoria, escrita en la roca. Y las imágenes del castillo, que ya forman parte de nuestros recuerdos, que ya forman parte de nuestra historia, que ya forman parte de nuestras retinas.

Para siempre. Gracias.

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