Remar

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Caía la tarde invernal sobre mi Aranjuez. Asomado al gran muro de contención construido cuando nuestro Tajo era un río (y no la actual mercancía política que ha destruido nuestra vega), vi a un grupo de piragüistas que iba y venia entrenando. El recodo del tramo me permitió enfocar frontalmente. Me encantó el brillo del agua al ocaso, como si el río tuviera luz propia, y el contraste alto de los tonos oscuros.  De repente, tras las estelas de sus predecesores, apareció un chico solitario. Esperé su lento surcar, remontando las aguas, y lo situé respetando la regla de los tercios más básica. También quise que alguna rama de algún árbol fluvial enmarcara la escena, quizá como metáfora de los peligros que nos acechan de mil formas. El resultado refleja el esfuerzo de superación de todos nosotros, remontando nuestros propios ríos, recorriendo los más diversos caminos; unos, de tierra; otros, de piedras; otros, acuosos… Pero con ese empecinamiento que nos mueve, levantando pequeñas o grandes olas a nuestro paso. Haciendo más o menos ruido. En grupo o en solitario.

Pero siempre con un sueño por cumplir como meta.

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