La campana

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Debe de haber algún nombre al que los psicólogos recurran para explicar comportamientos sociales complejos. El pasado fin de semana podrían haber dedicado varias tesis para tratar de documentar lo que un puñado de personas vivimos en Alicante. Un puñado de personas reunidos inicialmente por un simple concierto. Pero que de simple no tenía nada. Porque pocas músicas son capaces de lograr lo que la de Mike Oldfield: melómanos de los más diversos puntos recorriendo cientos de kilómetros para ver un homenaje. No al artista original, sino a una veintena de músicos que han adaptado sus obras y las interpretan con pasión. Como obras clásicas que son. Como se interpretan las obras de Vivaldi, Bach, Beethoven, Albeniz, Chopin… No está el autor, pero está su música. Y eso basta para deleitarse. Pero hay más: ¿qué lleva a esos aficionados a crear, mantener y alimentar una amistad en la distancia que atraviesa meses, años, décadas…? Podría hablar de Ángel y Olga, de Alicante. De Nacho, de Valencia. De Alberto, de Zaragoza. De Juan Alberto, de Albacete. De Mar, de Ibiza. De Juan Antonio y Octavio, de Madrid. De Ana, Santi, Laura y David, de Barcelona. Y de los que no pudieron ir: Pepe, Anselmo, Jesús… Podría habar de los abrazos que nos dimos, las lágrimas que es escaparon traidoras de los ojos de algunos de nosotros, de esas amplias sonrisas, de esas anécdotas que compartimos y forman parte de nuestras vidas… Hablaríamos de Alicante, de su castillo, del McAuto maldito a la una de la madrugada, de Tubular Bells, Incantations, Ommadawn, de Tubular Project, de Fadalack, de Then & Now… Podríamos explicarlo de mil maneras.

Pero al final sólo una campana retorcida girando encima de nosotros tendría sentido.

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