Archivo para marzo, 2014

Toledo, 1946*

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*No es que haya viajado en el tiempo y haya podido inmortalizar las enigmáticas calles toledanas. Es que al fin he recuperado el carrete de 120 mm. con el que disparé mi Ensign Ful-Fue de 1946. Y no ha sido fácil: entro en la tienda de fotografía y el dependiente me recibe con una cómplice sonrisa: “¡Lo tengo!”. Es un entusiasmo justificado porque lejos de las capitales hoy casi nadie revela carretes analógicos, y menos de medio formado. Semanas antes había ido a Toledo a fotografiar sus calles, consciente de que mi primer carrete de 120 mm. tenía que tener esa pátina antigua que sólo las ciudades más históricas todavía guardan. Pero en mi interior no albergaba muchas esperanzas, pues usar una cámara con casi setenta años de antigüedad tiene sus riesgos. Sin embargo, los resultados han sido más que satisfactorios: mi pequeña Ensign se ha comportado muy dignamente en condiciones lumínicas complejas. De hecho, la falta de nitidez que se observa en estas imágenes no es real, sino producto del artesanal y cutre sistema de digitalización de los negativos que he tenido que realizar yo mismo en mi casa porque no he encontrado laboratorio que me lo haga. Las imágenes de los negativos son limpias, nítidas, claras… Sólo tengo que buscar otra técnica mejor para pasar los negativos al ordenador, o buscar en Madrid algún laboratorio nostálgico, algo mucho más engorroso para mí.
Ya debería haber cerrado, pero el dependiente pasa los últimos instantes de su jornada laboral conmigo,  hablando de las viejas cámaras, de la fotografía analógica, de la digital… “Hay que adaptarse a los nuevos tiempos”; le digo para consolarle. “Sí, pero se han cargado la fotografía. Ahora me viene gente con fotos de móviles, tabletas y cualquier chisme. ¡Y menudas fotografías…!”, se lamenta. Ya no es rentable mantener las viejas máquinas para revelar y ampliar imágenes. Poco a poco va desapareciendo esa industria. No ha habido opción: o digital o a pagar altos precios prohibitivos. Pero aún quedan algunos locos con sus viejos cacharros. Me despido del dependiente y éste me contesta, ya en la puerta: “Gracias por mantener todavía la ilusión por la fotografía analógica.”

Yo sólo pienso que está bien saber que hubo un día en que ver aparecer una imagen de la nada era mágico.

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Alicante

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Si uno cuenta con la suerte de tener amigos como Ángel Valero, tiene asegurada una visita a su ciudad, que es su propio tesoro. Y con esa pasión que brilla en los ojos del enamorado de su propia tierra, nos va llevando por aquellos rincones que rezuman historia e historias. Nos encontramos así con una ciudad, Alicante, que se abre más allá del tradicional concepto de sol y playa que nos han vendido durante años. Un concepto que desde luego posee, pero que eclipsa muchos otros valores y tesoros que el viajero más perspicaz podrá descubrir sin esfuerzo. Sin tiempo para adentrarnos en aquellas montañas, grutas, rutas y rincones verdes y húmedos que expone minuciosamente en su entrañable blog, Por ahí no es, Ángel nos lleva a la joya de la corona de la capital: el castillo de Santa Bárbara. Una ascensión en la que contemplamos bellas estampas de la ciudad mediterránea esparcida por la costa, como un ser que vive y respira, pero sobre todo que bebe del mar. Las recientes remodelaciones nos permiten ser privilegiados turistas que redescubren unas piedras otrora olvidadas, pero hoy recuperadas para júbilo de la ciudad y, sobre todo, de sus habitantes, que han mirado siempre estas murallas con disparidad de sentimientos a lo largo de las décadas. Según Ángel nos va enseñando su pequeño rincón del mundo, con esa mirada crítica y concisa de quien se atreve de denunciar lo que está incorrecto o nunca debió de ser, vamos imaginando épocas y hechos. Imaginamos el sufrimiento de presos que nunca debieron ser presos, huidas y temores grabados en piedra. Y la memoria, escrita en la roca. Y las imágenes del castillo, que ya forman parte de nuestros recuerdos, que ya forman parte de nuestra historia, que ya forman parte de nuestras retinas.

Para siempre. Gracias.

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Tinao

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En la Alpujarra granadina se escurren pueblos de montaña que esparcen sus casas como piezas sueltas. Se amontonan así curiosas terrazas (llamadas “tinaos”), chimeneas, puentes, callejones, escaleras… Podemos comenzar a andar y, casi sin darnos cuenta, pisar el tejado de alguna casa como si tal cosa. Esta curiosa arquitectura reina por estos pequeños pueblos y despiertan la curiosidad del urbanita.


Remar

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Caía la tarde invernal sobre mi Aranjuez. Asomado al gran muro de contención construido cuando nuestro Tajo era un río (y no la actual mercancía política que ha destruido nuestra vega), vi a un grupo de piragüistas que iba y venia entrenando. El recodo del tramo me permitió enfocar frontalmente. Me encantó el brillo del agua al ocaso, como si el río tuviera luz propia, y el contraste alto de los tonos oscuros.  De repente, tras las estelas de sus predecesores, apareció un chico solitario. Esperé su lento surcar, remontando las aguas, y lo situé respetando la regla de los tercios más básica. También quise que alguna rama de algún árbol fluvial enmarcara la escena, quizá como metáfora de los peligros que nos acechan de mil formas. El resultado refleja el esfuerzo de superación de todos nosotros, remontando nuestros propios ríos, recorriendo los más diversos caminos; unos, de tierra; otros, de piedras; otros, acuosos… Pero con ese empecinamiento que nos mueve, levantando pequeñas o grandes olas a nuestro paso. Haciendo más o menos ruido. En grupo o en solitario.

Pero siempre con un sueño por cumplir como meta.


La campana

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Debe de haber algún nombre al que los psicólogos recurran para explicar comportamientos sociales complejos. El pasado fin de semana podrían haber dedicado varias tesis para tratar de documentar lo que un puñado de personas vivimos en Alicante. Un puñado de personas reunidos inicialmente por un simple concierto. Pero que de simple no tenía nada. Porque pocas músicas son capaces de lograr lo que la de Mike Oldfield: melómanos de los más diversos puntos recorriendo cientos de kilómetros para ver un homenaje. No al artista original, sino a una veintena de músicos que han adaptado sus obras y las interpretan con pasión. Como obras clásicas que son. Como se interpretan las obras de Vivaldi, Bach, Beethoven, Albeniz, Chopin… No está el autor, pero está su música. Y eso basta para deleitarse. Pero hay más: ¿qué lleva a esos aficionados a crear, mantener y alimentar una amistad en la distancia que atraviesa meses, años, décadas…? Podría hablar de Ángel y Olga, de Alicante. De Nacho, de Valencia. De Alberto, de Zaragoza. De Juan Alberto, de Albacete. De Mar, de Ibiza. De Juan Antonio y Octavio, de Madrid. De Ana, Santi, Laura y David, de Barcelona. Y de los que no pudieron ir: Pepe, Anselmo, Jesús… Podría habar de los abrazos que nos dimos, las lágrimas que es escaparon traidoras de los ojos de algunos de nosotros, de esas amplias sonrisas, de esas anécdotas que compartimos y forman parte de nuestras vidas… Hablaríamos de Alicante, de su castillo, del McAuto maldito a la una de la madrugada, de Tubular Bells, Incantations, Ommadawn, de Tubular Project, de Fadalack, de Then & Now… Podríamos explicarlo de mil maneras.

Pero al final sólo una campana retorcida girando encima de nosotros tendría sentido.


Imagen

Callejón toledano

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Al-Funduq al-Gidida

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Entre el trasiego de la famosa alcaicería granadina se levanta una impresionante portada. Me agacho, busco ángulos y, de cuclillas, alcanzo a retratar el arco de medio punto y su interior, laboriosamente decorado. Normalmente prefiero que nadie aparezca en la escena, especialmente si el público es concurrido y distrae. Pero aquel día una pareja sorprendida se paró justo en la entrada a admirar el lugar. Su presencia me pareció perfecta para dar idea de la escala del edificio. Pero fueron sus caras de asombro y el gesto de ella señalando algún detalle arquitectónico lo que más me gustó de su actuación improvisada. Disparé certeramente. El dedo de la mujer guía al espectador, que sigue con su mirada el espectacular despliegue de arte nazarí de esta antigua alhóndiga, un establecimiento en donde se vendía, compraba y almacenaba grano para socorrer a los vecinos y labradores en épocas de escasez. Esta del siglo XIV es la única completamente conservada en la península Ibérica. Su nombre original era Al-Funduq al-Gidida (Alhóndiga Nueva). Más de un siglo después, ya bajo dominio cristiano, fue usado de hospedería para carboneros; de ahí su actual nombre: Corral del carbón. Hoy lo usa la orquesta de la ciudad, y en su corral se representan obras de teatro, musicales y demás acontecimiento culturales.

Y seguirá despertando miradas de asombro.