Luz cenicienta

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Lo bueno de ir (casi) siempre con la cámara colgada del hombro es que se puede usar en el acto (obvio). Muchas veces me preguntan por qué la llevo en mi ciudad o en lugares que frecuento a diario. En Fotografía las imágenes han de ser siempre distintas si queremos alejarnos de tópicos repetidos. Y en ese sentido, uno nunca sabe cuándo se va a encontrar con una escena digna de fotografiar. Muchas veces ni siquiera se desenfunda la máquina; otras, los resultados son paupérrimos y se borran. Pero, en ocasiones, surge “la chispa”. Como esta tarde, cuando observé que la Luna mostraba lo que en Astronomía se conoce como “luz cenicienta”: la circunferencia de nuestro satélite se completa con un débil resplandor bien contrastado de su parte iluminada (pinchar en la imagen para agrandarla). Hasta el siglo XV causó tantas dudas sobre su procedencia que incluso se pensó que la Luna era translúcida y la luz la atravesaba. El efecto tuvo explicación ya en el XVI: el Sol ilumina la Tierra, y la luz que desprende nuestro planeta llega con tanta intensidad al satélite que ilumina tenuemente su parte oscura. Esta tarde, además, estaba en plena “hora mágica”, por lo que el cielo permanecía intensamente saturado de azules. No podía haber un ambiente más estimulante. Invité a la venus que preside la mítica Plazuela de la Mariblanca a que apareciera en la instantánea. Su desnuda espalda pétrea iluminada por la terrenal luz de las urbanas farolas contrasta con el juego celeste que cada día se despliega sobre nosotros. El frío congela mis manos y decido que es hora de marcharse. El paseo continúa.

Pero siempre con la cámara al  hombro.

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