Archivo para febrero, 2014

Color en el café

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Hasta un momento de descanso puede deparar en una fotografía. Habíamos dado un amplio paseo por Toledo y paramos a tomar un café a media tarde. El nombre del establecimiento (“Ñaca ñaca”) casi nos echa para atrás, pero teníamos ganas de sentarnos un rato y nos fiamos de la buena apariencia exterior del establecimiento. Una pareja sentada junto a la ventana jugaba con sus móviles, riendo cómplices. Un grupo de personas mayores hablaba a voces algo más allá. Nosotros nos sentamos en una pequeña mesa junto a la barra. El llamativo gres con el que estaba azulejado el mostrador daba color al ambiente. Las gafas de sol de mi compañera sobre la mesa, a un lado para respetar la regla de los tercios, e intuición para disparar sin mirar por el visor (pues la cámara también estaba apoyada en la mesa, lejos de mi cara) dieron este resultado. Y es que, aunque casi siempre prefiero el blanco y negro, algunas imágenes precisan de su color original para que se haga el protagonista. Pues todo depende del cristal con que se mira.

Y de su gama cromática.


Ventana imposible

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Serpenteando por las misteriosas calles de Toledo (Castilla-La Mancha), uno siempre descubre sorpresas. Y así, en el lugar menos imaginado, lejos de las miradas de los turistas, en una calle solitaria, asoma una ventana. Pero no es una ventana cualquiera. Aprovecha la esquina sobre la que se asienta y se abre… ¿Cómo se abre? No tengo ni idea. ¿Quién instaló la persiana? ¿Quién hizo la reja? ¿Quién se atrevió a resolver este problema arquitectónico de semejante manera? Intento centrar el barrote central con la cuadrícula que me aporta el visor de mi Nikon, pero descubro que la arista central superior de la ventana ni siquiera coincide con la inferior…

¿Se ha pasado por aquí M.C. Escher…?


Sierra de Segura

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El cielo, en la tierra

_DSC0014 (Copy)Y las entrañas de la tierra se abrieron para que pudiéramos disfrutar del cielo sin tener que morir por ello.


El nuevo Riópar Viejo

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Desde la Edad del Bronce, las tierras de Riópar Viejo (Albacete, Castilla-La Mancha) estuvieron siempre habitadas. Por aquí pasaron los iberos y los romanos, más tarde los visigodos y, después, llegaron los árabes. Pero poco a poco sus habitantes se fueron marchando hacia el valle. Y en 1996 murió su último vecino. El pueblo, colgado en un pequeñísimo otero a 1150 metros de altitud, murió. Sus calles se vaciaron. Y ahí podría haber acabado la historia de este peculiar enclave, con su iglesia cristiana con elementos islámicos, su castillo árabe, sus fuentes de agua cristalina despeñándose por los riscos, sus impresionantes vistas sobre las sierras de Alcazar y Segura. Pero no fue así: en 1999 los vecinos decidieron regresar a aquellas calles que les vieron crecer para recuperar las construcciones y darles funcionalidad: las viviendas fueron rehabilitadas y gran parte de ellas se convirtieron en casas rurales. La vida regresó a Riópar Viejo de forma sostenible, respetando la arquitectura tradicional, para demostrar que La Mancha es mucho más que una planicie reseca, pueblos de meseta y campos de labranza.
Podría haber puesto cualquier imagen de las espectaculares vistas de las sierras pobladas de densos bosques, donde los picos rascan las nubes, o de la Iglesia de cinco siglos de antigüedad. Pero prefiero rescatar esta modesta ventana, perfecto ejemplo de la arquitectura popular, donde la piedra y la madera conforman un conjunto funcional y fotogénico. La madera transversal superior, como una viga que resiste el peso del tiempo. El banco del suelo, como descansadero de almas que llegan y van, recuerdo de todas las que una vez aquí se sentaron y permitieron que el pasado sea hoy un presente.

Y las piedras del suelo, simbolizando todas las pisadas que todavía quedan por dar.


Imagen

Farol

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Imagen

Árbol

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