Bastión de la memoria

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Existe en Aranjuez una pequeña tienda en el lugar más céntrico posible: la Plaza de la Constitución, en pleno casco histórico, justo al lado del Ayuntamiento. Una pequeña tienda que conserva funcionales los grandes portalones de madera de quién sabe qué época. Una pequeña tienda en la que parece que se ha parado el tiempo. Una pequeña tienda que no tiene nombre, ni carteles de “abierto” o “cerrado”, ni luces, ni escaparate… Sólo, un pequeño folio en su entrada que reza: “Se hacen todo tipo de arreglos en ropa. Se hacen cortinas”. Desde fuera se intuye un interior austero; poco mobiliario, modesto, prácticamente vacío, y una tenue luz que ilumina el rostro de una persona mayor que parece pasar las tardes disfrutando de su soledad y tranquilidad. Está claro que la subsistencia de esta pequeño comercio atiende más al disfrute de mantener una tienda familiar que a la rentabilidad económica de la misma: no hay promoción, ni anuncios, ni descuentos, ni rebajas… Eso me brinda la valiosa imagen de una pequeña tienda de otra época durmiendo en la madrugada ribereña, descansando sus años y desafiando a cualquier multinacional que quiera instalar aquí una franquicia de teléfonos móviles, o de perritos calientes, o de cigarrillos electrónicos. Imagino que serán muchas historias y recuerdos los guardados entre esas paredes centenarias durante décadas como para venderlos por un puñados de efímeros billetes. Aunque sé que llegará el día, tarde o temprano, en que todo cambie, el local se traspasará y vendrá otro negocio que transformará la estética de este rincón privilegiado. Pero, de momento, ahí permanece la pequeña tienda con sus puertas de madera, modesta, fiel a sí misma. Porque, aunque parezca mentira, en pleno siglo XXI hay cosas que el dinero todavía no puede comprar. 

Pero, sobre todo, hay personas que no se dejan comprar por el dinero.

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