Duerme la ciudad

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Duerme la ciudad en la soledad invernal, y yo camino despacio por las calles desiertas. Se iluminan las aceras por los escaparates más ostentosos y las regias farolas fernandinas. Los adoquines resquebrajan el cuerpo blanco del ceda el paso y lo invaden poco a poco. Algún gato despistado hace ruido entre los cubos de la basura. ¿Cuántas almas caminaron por aquí? ¿Cuántas vidas, paseando sus miserias y alegrías? Para Quina, la mecanógrafa que José Luis Sampedro dio empleo en Palacio para su Real Sitio (Ediciones Destino Áncora y Delfín, 1993), “es el Circo”. Es la Calle Stuart. Es esta calle, donde personajes reales y ficticios se dan la mano. Clases y capas sociales se mezclan en una obra de teatro sin guión que todos representan a diario de memoria. Pero a estas horas de la noche todos terminaron su función. Y yo voy paseando mis pensamientos hasta sentirlos lejos, muy lejos, formando parte de ese Circo. Quizá, en otra década. Quizá, en otro siglo. Quizá, en otra realidad.

Pero siempre en blanco y negro.

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