Reflexión de los vencidos

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Todavía no había terminado de llover cuando salió a campo abierto. Ese olor a tierra mojada lo inundaba todo. El camino encharcado se hundía bajo sus pies en barrizales escurridizos. El cielo, encapotado, lleno de grises y vacío de promesas. Ya nada es lo que era. Él resumía su vida en un silbido irónicamente hilarante. El eco sólo le contestaba elaborados sarcasmos. Quizá le acompañara una garza tan perdida en su vuelo como él en su vida. Ambos dieron tumbos con torpezas paralelas: tierra y cielo unidos por dos seres incómodos. Llegaron a la orilla del gran río convertido en lago, allí donde desembocaban a partes iguales las suertes y maldiciones del envidioso pueblo. Entre nubes altas y pensamientos bajos, él creyó ver un fantasma cuando su reflejo le saludó al asomarse a las turbias aguas. Enjuto, por el hambre; demacrado, por demasiado pensar; loco, por poco y mal dormir. El fiel retrato de su cadáver viviente, dentro de los verdes difuminados del gran lago. En ese acuoso reencuentro con su faz olvidada, la garza cruzó justo por encima de su despeinado cogote. Su estela fue la estrella fugaz que marcó el fin de la lluvia. Se hizo el sol. Y sus rayos incidieron con tanta fuerza en el lago dormido que se abrieron los verdes para dejar ver la panza de la laguna. Así iluminada, resplandeciente, parecía desnuda de agua. Tan cristalino era su lecho que fácilmente podía verse la blanca arena de su interior. Él alzó la vista y dejó que el sol quemara sus pupilas. Sólo un momento. Lo justo para saberse vivo. Sonrió. Bajó de nuevo la cabeza y musitó antes de zambullirse: 

“Si al final toco fondo, al menos sé que ahí se esconden los tesoros.”

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