La complejidad de lo sencillo

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En ocasiones la obra aparentemente más sencilla esconde una compleja laboriosidad. Muchas veces nos despachamos a gusto con discos, canciones, libros, películas… ignorando el trabajo que ha conllevado. Quizá porque lo importante sea el resultado final. Y si nos desagrada, poco nos preocupa el resto, aunque sea injusto.
Esta fotografía quizá parezca simple. Pero en realidad entrañó más trabajo del aparente. Podría haber disparado cámara en mano con el flash y listo. Pero no habría conseguido mi propósito: la mejor imagen posible de algo tan simple, cotidiano y familiar como un tirador. Para ello puse en marcha un despliegue de medios más o menos cuantioso. Para empezar, había que renegar de la luz artificial del flash, que aplana la imagen y falsea el ambiente. Era preciso luz natural, y no cualquiera: la que se colaba por la ventana al atardecer, para crear contornos y contrastes suaves que no proyectaran sombras molestas. Pero el atardecer es sinónimo de escasez lumínica, por lo que se hacía imprescindible aumentar el ISO. Sin embargo, eso nos daría un grano molesto, pues quería la mayor nitidez posible. Así que el ISO se mantuvo al mínimo de 100 e instalé un trípode para poder aumentar el tiempo de exposición sin miedo a temblores. El obturador se cerró hasta F9 para aumentar la profundidad de campo y que todo estuviera dentro de foco. Eso obligó a hacer 25 segundos de exposición que se iniciaron se forma retardada con el temporizador para evitar la vibración originada al apretar el disparador. Todo ello ha dado como resultado una imagen limpia, cristalina, en la que se ven diferentes texturas y todos los detalles posibles: las rugosidades del metal tintado de negro, la madera del mueble y sus vetas, los descascarillados, los diminutos tornillos…

Una muestra de la complejidad de lo sencillo.

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