Tus gigantes

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El viaje era ameno. La cámara, entre las manos. Quizá algún detalle se pudiera rescatar de un camino más que conocido, pero no por ello menos estimulante. Cristales por todas partes: en los espejos de la réflex, en su objetivo Sigma, en las ventanas del coche, en sus retrovisores… Lo vemos todo a través de cristales. La realidad, filtrada. Se levanta un monte poblado de árboles en cuya cima descansan tres gigantes. Sus brazos, tendidos, girando, bailando. El coche, veloz, atravesando la autovía. Una velocidad rápida de obturador para intentar congelar el momento y evitar estelas. Se cuela un poste eléctrico en la parte inferior, y afortunadamente se queda centrado. La suerte también es un factor. El cerro, oscuro, a contraluz, víctima de la escasa luminosidad de una mañana sin sol recién nacida. Tomar una fotografía a más de cien kilómetros por hora y conseguir centrar la composición, sin que dé la sensación de velocidad, es un reto. Y luego, en el revelado, discriminar los elementos para crear protagonistas, oscureciendo lo superfluo y destacando lo importante. Ese cielo enmarañado de blancos, negros y grises es perfecto para resaltar los cuerpos cilíndricos de los molinos de viento. Vemos sus ventanas y sus puertas. Pero no vemos el bosque del cerro, devorado por la negrura de las sombras. Un efecto enfatizado a propósito para llevar la vista del observador hasta lo alto, hasta los molinos, hasta sus aspas, para que cada uno se enfrente a sus demonios, a sus gigantes particulares que sólo existen en la imaginación de cada cual.

Y quizá dentro de alguna de esas diminutas ventanas alguien nos mira a nosotros.

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