Archivo para enero, 2014

Los pasos efímeros

HEC_0004 (Copy)Por todos los caminos que andamos dejamos nuestros pasos impresos en una imagen que se esfuma en el acto. A menos que haya un insomne parapetado con su retina de cristal.


Juego de perspectivas

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Los grandes edificios de Aranjuez tienen un gran estudio no sólo arquitectónico, sino también estético. El casco histórico luce un elaborado juego casi escenográfico bien alejado de los desordenados ensanches emprendidos desde finales del siglo XX. Un claro ejemplo es la Plaza de San Antonio, popularmente llamada “Plazuela de la Mariblanca” o simplemente “la Plazuela”. Es un gran espacio vacío circundado por arcadas y presidido por un edificio religioso (la iglesia de San Antonio) relativamente pequeño para no eclipsar el espacio que preside. Algo completamente inédito en la época, cuando los edificios religiosos debían acaparar ostentosamente el protagonismo en las calles de sus pueblos. Dicen que Francisco Sabatini, arquitecto de Carlos III, no comprendió un templo tan pequeño en una plaza tan grande, y quiso sustituirlo por otro de mayores proporciones. Afortunadamente no lo logró, y hoy seguimos disfrutando de los juegos visuales de un edificio con más de 260 años en el que Santiago Bonavía resolvió el problema de entrar en la gran plaza por otro lugar que no fuera el frontal: desarrolló un cuerpo central circular de tal manera que, mirando desde cualquier ángulo, la estética de la iglesia será prácticamente la misma. Una prueba son las imágenes que componen esta entrada: arriba, una toma desde detrás de la iglesia, fuera de la plaza; abajo, una vista lateral; y, finalmente, dos frontales. Otro secreto de estas perspectivas es que todo el conjunto central de la iglesia no es recto: la arcada y la planta del atrio ondulantes hacen que la vista sea perfecta desde cualquier ángulo sin alterar la vista frontal.

Porque hay veces que las apariencias sí importan.

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Casco histórico

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Han aparecido grietas, sus pequeñas buhardillas están prácticamente destruidas y el vetusto bar que instalaron ha cerrado. La fachada se está deshaciendo y los cascotes dejan ver los ladrillos originales, aquellos que un día fueron la envidia de los escasos habitantes de un Real Sitio y Villa de Aranjuez en construcción que hoy es una ciudad desmemoriada en muchos aspectos. Los dueños están obligados a conservar la estética del casco histórico, pero pocas ayudas se conceden para su rehabilitación. Es como maquillar a un enfermo crónico sin suministrarle medicinas. Por eso hoy muchos edificios centenarios, privados y públicos, se caen a pedazos. Es más fácil declarar su ruina, echarlos abajo y vender los solares que preocuparse en conservarlos originales.
Hay poco jaleo a estas horas. Cae el frío del invierno al suelo y se convierte en escarcha. Yo apoyo la cámara en una farola y la convierto en mi trípode improvisado para poder aumentar el tiempo de exposición. Pruebo varios encuadres, ángulos y tiempos. Espero a que pase un coche para que sus luces se conviertan en estelas e iluminen la parte más oscura del encuadre: el asfalto del cruce.

Esta noche compruebo que la Villa está bien lejos del Real Sitio.


Bastión de la memoria

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Existe en Aranjuez una pequeña tienda en el lugar más céntrico posible: la Plaza de la Constitución, en pleno casco histórico, justo al lado del Ayuntamiento. Una pequeña tienda que conserva funcionales los grandes portalones de madera de quién sabe qué época. Una pequeña tienda en la que parece que se ha parado el tiempo. Una pequeña tienda que no tiene nombre, ni carteles de “abierto” o “cerrado”, ni luces, ni escaparate… Sólo, un pequeño folio en su entrada que reza: “Se hacen todo tipo de arreglos en ropa. Se hacen cortinas”. Desde fuera se intuye un interior austero; poco mobiliario, modesto, prácticamente vacío, y una tenue luz que ilumina el rostro de una persona mayor que parece pasar las tardes disfrutando de su soledad y tranquilidad. Está claro que la subsistencia de esta pequeño comercio atiende más al disfrute de mantener una tienda familiar que a la rentabilidad económica de la misma: no hay promoción, ni anuncios, ni descuentos, ni rebajas… Eso me brinda la valiosa imagen de una pequeña tienda de otra época durmiendo en la madrugada ribereña, descansando sus años y desafiando a cualquier multinacional que quiera instalar aquí una franquicia de teléfonos móviles, o de perritos calientes, o de cigarrillos electrónicos. Imagino que serán muchas historias y recuerdos los guardados entre esas paredes centenarias durante décadas como para venderlos por un puñados de efímeros billetes. Aunque sé que llegará el día, tarde o temprano, en que todo cambie, el local se traspasará y vendrá otro negocio que transformará la estética de este rincón privilegiado. Pero, de momento, ahí permanece la pequeña tienda con sus puertas de madera, modesta, fiel a sí misma. Porque, aunque parezca mentira, en pleno siglo XXI hay cosas que el dinero todavía no puede comprar. 

Pero, sobre todo, hay personas que no se dejan comprar por el dinero.


Duerme la ciudad

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Duerme la ciudad en la soledad invernal, y yo camino despacio por las calles desiertas. Se iluminan las aceras por los escaparates más ostentosos y las regias farolas fernandinas. Los adoquines resquebrajan el cuerpo blanco del ceda el paso y lo invaden poco a poco. Algún gato despistado hace ruido entre los cubos de la basura. ¿Cuántas almas caminaron por aquí? ¿Cuántas vidas, paseando sus miserias y alegrías? Para Quina, la mecanógrafa que José Luis Sampedro dio empleo en Palacio para su Real Sitio (Ediciones Destino Áncora y Delfín, 1993), “es el Circo”. Es la Calle Stuart. Es esta calle, donde personajes reales y ficticios se dan la mano. Clases y capas sociales se mezclan en una obra de teatro sin guión que todos representan a diario de memoria. Pero a estas horas de la noche todos terminaron su función. Y yo voy paseando mis pensamientos hasta sentirlos lejos, muy lejos, formando parte de ese Circo. Quizá, en otra década. Quizá, en otro siglo. Quizá, en otra realidad.

Pero siempre en blanco y negro.


Reflexión de los vencidos

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Todavía no había terminado de llover cuando salió a campo abierto. Ese olor a tierra mojada lo inundaba todo. El camino encharcado se hundía bajo sus pies en barrizales escurridizos. El cielo, encapotado, lleno de grises y vacío de promesas. Ya nada es lo que era. Él resumía su vida en un silbido irónicamente hilarante. El eco sólo le contestaba elaborados sarcasmos. Quizá le acompañara una garza tan perdida en su vuelo como él en su vida. Ambos dieron tumbos con torpezas paralelas: tierra y cielo unidos por dos seres incómodos. Llegaron a la orilla del gran río convertido en lago, allí donde desembocaban a partes iguales las suertes y maldiciones del envidioso pueblo. Entre nubes altas y pensamientos bajos, él creyó ver un fantasma cuando su reflejo le saludó al asomarse a las turbias aguas. Enjuto, por el hambre; demacrado, por demasiado pensar; loco, por poco y mal dormir. El fiel retrato de su cadáver viviente, dentro de los verdes difuminados del gran lago. En ese acuoso reencuentro con su faz olvidada, la garza cruzó justo por encima de su despeinado cogote. Su estela fue la estrella fugaz que marcó el fin de la lluvia. Se hizo el sol. Y sus rayos incidieron con tanta fuerza en el lago dormido que se abrieron los verdes para dejar ver la panza de la laguna. Así iluminada, resplandeciente, parecía desnuda de agua. Tan cristalino era su lecho que fácilmente podía verse la blanca arena de su interior. Él alzó la vista y dejó que el sol quemara sus pupilas. Sólo un momento. Lo justo para saberse vivo. Sonrió. Bajó de nuevo la cabeza y musitó antes de zambullirse: 

“Si al final toco fondo, al menos sé que ahí se esconden los tesoros.”


La ética turística

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Muy lúcidas y sabias palabras de mi amigo Daniel: 

“Entendemos que el turismo sirve de distracción, pero debe tener una componente ética de acuerdo con la supervivencia (garantizada o denunciable) del Patrimonio, que es nuestra memoria.”

Ojalá todos los turistas fueran también conscientes de su responsabilidad y de su poder para mejorar o empeorar el lugar que visitan, sea una ciudad o unas lagunas.