Mundos antagónicos

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Era noviembre. Ese mes en el que las hojas del otoño reposan sobre el suelo y el frío del invierno amenaza sobre nuestras cabezas. Ese carnaval en el que unos van con abrigo y otros de manga corta. Mundos diferentes, calurosos y frioleros que se pasean sin molestarse. Aquella tarde un joven se sentó en un banco para descansar después de correr por el Jardín del Príncipe. Mientras, un anciano que ya había terminado de leer el periódico, lo dobló y se dispuso a proseguir su pausado día de jubilado. Yo, sentado al otro extremo del paseo, despliego el teleobjetivo al máximo, enfoco a los personajes antagónicos y abro el diafragma para reducir la profundidad de campo y desenfocar el primer plano. La alfombra de hojas se convierte en un paseo borroso para la vista, que la dirige hacia el fondo, donde están nuestros protagonistas y sus mundos bien definidos. Espero a que el anciano siga su lento caminar y coincida con la columna blanca de la puerta del fondo para hacerle resaltar. Respeto la regla de los tercios y, justo en ese momento, aprieto el disparador. La escena y sus protagonistas se quedan congelados para siempre.

Y mi mundo y yo nos marchamos.

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