Un escenario vacío lleno de historias

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Ya casi iban a sonar las doce puntuales campanadas de la torre que presidía la ciudad cuando él, ataviado con un imponente chaqué y elegante corbata azul de seda, se apresuraba a descender las escaleras rumbo a su fiel caballo, que le esperaba en la orilla del río. Nadie más que él, los peldaños y sus manchadas manos sabían el horrible acto que acababa de protagonizar. O puede que sea una muchacha de otra época la que, desesperada, huya de la ciudad con un fino vestido de verano. Lágrimas en sus ojos y rabia en sus puños cerrados. La escalinata como única salida de una ciudad que terminó odiando por el desencuentro con alguno de sus habitantes más cercanos. O quizá será un niño jugando con su balón que, en un descuido, se le escape de las manos y persiguiéndolo estuviera a punto de doblar la esquina para aparecer en la imagen. Llevo varios minutos arrodillándome, buscando ángulos, perspectivas… Y al final encuentro el encuadre perfecto: la escalera a la sombra en primer plano invitando a observar, la Torre Mangana en lo alto, la ciudad iluminada enmarcada por el verdor de la vegetación. Sólo falta alguien descendiendo las escaleras. Puede ser cualquier protagonista inesperado que añada más dramatismo a esta estampa solitaria. Pero hoy opto por dejar un escenario vacío.

Y que sea la imaginación la que lo llene de historias.

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