El disparo fotográfico

HEC_0295 enderezada (Copy)

Acabo de terminar de leer “El disparo fotográfico”, un original y completo repaso a la vida de Henri Cartier-Bresson. Y si ya de por sí este genio francés era de mis preferidos, después de conocer en profundidad su ideario fotográfico, todavía más. Cuidó con esmero sus imágenes, desde su concepción hasta su publicación: daba expresas órdenes para que los editores no las recortasen para cambiar su tamaño y encuadre. Sobre la Fotografía en sí, su modo de entenderla era fascinante: estaba obsesionado con la geometría. Sus composiciones eran equilibradas y proporcionales: “La composición debe ser una de nuestras preocupaciones constantes.” Henri empleaba una técnica especial: buscaba un escenario geométrico (podía ser la confluencia de dos paredes, unas escaleras de caracol…), encuadraba y esperaba a que algún sujeto (una persona, un perro, un vehículo) pasara por él para “cazarlo” enmarcado por el lugar. Más allá de esta técnica que nos ha regalado algunas de las imágenes más famosas de la Fotografía, Henri era una persona fascinante: aunque su nombre era mundialmente famoso, quería pasar siempre desapercibido, por lo que no dejaba fotografiarse fácilmente, hasta el punto que un día, al ver su inseparable Leica colgando de su mano, un viandante le espetó: “¿Quién se cree ese, Henri Cartier-Bresson?” Él sonrió y siguió adelante como si tal cosa. Pensar que cada disparo es como dibujar un cuadro da buena muestra de su esmero y cuidado al encuadrar. Y eso que odiaba la puesta en escena, las poses, las fotografías preparadas. Él quería capturar momentos reales, naturales, originales. Era su famoso “instante decisivo”. Aunque más tarde acabó harto de tal denominación y reconoció que prefería “el disparo fotográfico”, en el que equiparaba al fotógrafo con el cazador, aunque las presas de este último sobrevivían. No es en absoluto interés mío compararme con tamaño genio (más quisiera yo), pero algo parecido hay en esta fotografía que tomé hace un año: vi que un hombre se acercaba con una bolsa llena de comida a un parque. Un pato acudió a su llamada con una alegría patente. Había mucha niebla, así que sus siluetas se recortaban perfectamente junto a la barandilla de jarrones de piedra sobre el río. Era como un telón de fondo blanco sobre el que los personajes desplegaron su curiosa relación. Encuadré el jarrón en el centro y esperé a que el ave se acercara lo suficiente para equilibrar su distancia respecto al hombre. Justo en ese momento abrió sus alas. Disparé.

Y me marché sonriendo y sin ser visto con mi presa entre las manos.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.