El lago

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Rezumando nerviosismo por cada poro de su piel, salió aquella tarde en busca de su orilla. Acompañado de su inseguridad que le escoltaba vestida de blanco, recorrió el río hasta llegar a un gran lago. Se calmaron en el ensanche las aguas sólo rotas por diminutas olas engendradas por el suave viento imaginario. En el aire se respiraba ese olor a humedad propio de la naturaleza desmedida. No había orilla escarpada a la vista, sólo juntos y carrizos tapando escapatoria alguna. Se hacía terriblemente inquietante buscar sin encontrar. Se hacía temiblemente preocupante tener la escapatoria tan cerca sin poderla usar. Buscó hasta la extenuación por cada palmo de agua y finalmente cayó rendido sobre la barca, boca arriba, alma abajo. Dentro de la barca, mirando el cielo y escuchando el chapotear del agua golpeando suavemente su casco, cerró los ojos hasta comprender que el destino era su barca.

Y que él mismo era el lago.

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