Artistas que no lo son

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Los mal llamados grafitis (grafitos, en realidad) no son nuevos. En la antigüedad ya solíamos decorar nuestros propios edificios con símbolos, letras, fechas, inscripciones, etc. Casi siempre por motivos religiosos o supersticiosos, que viene a ser lo mismo. Hace ya más de un año contamos el caso de Aranjuez, donde en las paredes exteriores de su palacio y jardines hay numerosos grafitos de los guardabosques, los jardineros y los miembros de las Guardias francesas. Pero también ocurre en todas las ciudades: este extraño símbolo religioso estaba en una casa de La Alberca, en las míticas Hurdes salamanquinas. Fíjense en esos trazos, esa exquisitez, ese meticuloso cuidado a la hora de labrar la piedra, de crear figuras. Siempre me he preguntado qué pensarán de nosotros dentro de cincuenta, cien o doscientos años, cuando vean nuestros grafitos: inscripciones toscas, pinturas descuidadas, aerosoles usados como quien fumiga la cosecha, letras irregulares y sin elegancia… Salvando honrosas excepciones, que las hay (como esta, esta o esta, por poner sólo unos ejemplos), la mayoría actual constata la desidia de nuestros días por crear algo digno. Y es que hoy no merece la pena dedicarle a nada demasiado tiempo ni tener habilidades o imaginación. Todo tiene que ser rápido, descuidado, sin planificación… Nada detallista. Nada esmerado. Nada estético. Ni siquiera, simbólico. La mayor parte de los grafitos son firmas. Es decir: nuestro ego elevado a la máxima expresión. Cierto que en el pasado también se dejaba inscrito el nombre de uno en los edificios históricos, pero aun así había un respeto, una admiración, una redención. Todavía recuerdo cuando me acerqué a la puerta del Convento de San Clemente en Toledo, donde el año pasado decían que habían descubierto la firma de Gustavo Adolfo Bécquer. Allí me fui. Me planté delante buscando, y efectivamente sólo con el teleobjetivo de 200 mm. pude ver, bastante deteriorada, la inimitable letra del genial sevillano desplegaba ante mí. Dicen los historiadores que el escritor y un buen amigo paseaban por la noche toledana y vieron que alguien se había dejado una escalera. Ni cortos ni perezosos, ambos se subieron y dejaron estampadas sus respectivas firmas debajo de uno de los frisos de la fachada, por la que Bécquer sentía fascinación. La misma fascinación que uno siente contemplando algo que él mismo ha creado grabando su nombre en la piedra. Cada vez es más difícil distinguir a un verdadero artista de un simple vándalo de ego desmedido. Desde luego sé que estos pensamientos están contaminados por la errónea creencia de “cualquier tiempo pasado fue mejor”, pero es evidente que estamos inmersos en una era en la que cualquiera se cree artista y no lo es, simplemente manchando una fachada con una horrible firma, grabando una fecha en un monumento o haciendo fotografías que colgar en un blog.

Como yo.

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