Sólo otoño

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Demasiado ingrávido para tener los pies en la tierra. Demasiado pesado para volar. Demasiado cuerdo para ser un genio. Demasiado cerca para quedarme atrás. Demasiado tonto para hacerme el listo. Demasiado loco para ser sin estar. Demasiadas manos en el hombro, y tan cansado de siempre colgar, que al final fui sólo otoño, que al final fui sólo irrealidad.

Recuerdo que cuando era niño, en mi cumpleaños, el otoño ya estaba presente de forma clara y evidente. No sé si será el cambio climático o no, pero desde hace unos diez años parece que le cuesta llegar. Las hojas no se marchitan nada más terminar el verano y se mantienen verdes más tiempo. El clima es todavía cálido y la alfombra marrón parece resistirse a cubrir el suelo. Y luego el invierno llega de repente, cae a plomo. Es como si el otoño se muriera sin haber nacido nunca. Es como si el verano y el invierno fueran colonizando su tiempo. Esta fotografía no es casual: me senté en un banco y esperé a que cayera alguna hoja para “cazarla”. Desde luego costó varios intentos, y desde luego el resultado podría haber sido mucho mejor. Pero me gusta esa hoja suspendida en el aire con el sol resaltándola sobre el fondo oscuro, con toda la perfección de su caída, con todas las imperfecciones de lo inesperado. Incluso me gusta el ligero desenfoque y el grano del ISO alto. Me gusta que no llegue a cumplir completamente la regla de los tercios. Me gusta que jamás gane ningún concurso de fotografía. Me gusta haber “fabricado” mi propio “momento decisivo”, que diría Bresson. Me gusta que sea imperfecto y desenfocado.

Como yo.

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