Habitantes, no dioses

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Siempre que visito algún pueblo o ciudad, me fijo en sus casas e imagino cómo sería vivir en ellas. No en las grandes casas de lujo o mansiones, sino en las humildes o corrientes que conforman la fisonomía popular de un núcleo urbano, en las que podría vivir cualquier persona sin grandes caudales de dinero. En ocasiones, si la ciudad es grande y mal planificada, me agobio pensando en el horizonte de cristales, humos y tráfico denso. Pero en los pequeños pueblos pienso en su tranquilidad, en la cercanía vecinal y en la tierra de sus caminos. En algunas situaciones, no muchas, me sorprende justo lo que hay enfrente de las casas: el paisaje natural, las vistas que disfrutan sus habitantes. Casas que miran barrancos o bosques sin salir del casco urbano; ríos y valles disfrutados desde la altura de los cerros poblados de casas blancas. Como en Cuenca, donde las viviendas más afortunadas contemplan las profundas hoces del río Júcar. Me imagino lo que será levantarse por las mañanas, abrir la ventana del salón y admirar este espectáculo de riscos, bosques y cortados. Acostarse tras pasar unos minutos pensativos en el balcón viendo el sol ponerse por entre las montañas y las nubes. Ver cambiar el paisaje a lo largo del año, de las estaciones que conforman el ciclo de la vida. Tiene que ser una auténtica inyección de energía natural. En ese sentido Cuenca es afortunada: no sólo el Júcar, sino también el Huécar la circunda creando el más variado repertorio de esculturas cársticas: cañones y gargantas, cuevas y torcas, dolinas y lenares. Preservar el paisaje formando parte de él también tiene mérito. Pocos pueblos y menos ciudades lo han logrado, y en vez de eso han osado degradar hasta la muerte su propio entorno, tratando de cambiarlo y desfigurarlo a su antojo. Es un difícil equilibro en el que debería imperar una máxima que el ser humano pocas veces entiende:

No somos más que habitantes, no dioses.

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