El último fruto de la temporada

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Su sombra era alargada en las tardes de verano y difusa en las mañanas de invierno, como un fiel reflejo de su propio ser, cambiante y amoldable a las condiciones que le imperaba la Naturaleza. En ocasiones, muchas ocasiones, era su única compañera antropomorfa durante días, incluso meses. Ella y él, pegados por los pies eternamente, pues ya quedaban lejos los leves momentos en los que ambos se desunían por algún brinco esporádico. Su edad y la artrosis de sus rodillas se lo impedían. Pero nada evitaba que aún saliera en época de cosecha a su pequeño huerto, encima del tejado de la que fuera la casa de sus padres, huerto que todos sus hijos y todos sus nietos nunca quisieron como herencia, porque el trabajo no se deja como herencia, decían, y se afanaba en preservar él solo la pequeña plantación de frutales y pasados. Ambas cepas languidecían. Él, con su camisa blanca y su gorra de visera y tela veis, alzaba las manos incesantemente comprobando el estado de cada fruta, de cada brote, de cada triunfo. Y se daba cuenta de que el número de cadáveres víctimas de las urracas, esparcidos por el suelo con la pulpa desparramada, era superior a los supervivientes de las ramas. La barandilla de hierro, que ostentaba prácticamente su misma edad, dividía el mundo en dos: la tierra y los tejados. De vez en cuando se apoyaba en ella y contemplaba el valle poblado de álamos y pinos, con el lento río manso, casi dormido, casi convertido en lago. Se apoyaba con los dedos de sus manos entrecruzadas, sus brazos negros y arrugados por años de exposición al sol sin protección, y miraba con sus ojos pequeños, parapetados tras párpados casi inexistentes, invadidos por unas cejas grandes que se habían descolgado demasiado, como queriendo proteger sus retinas de la suciedad de la realidad. Aquella vulgar tarde se quedó mirando el horizonte del cerro de enfrente y creyó verlo más cerca que nunca, como si la tierra se hubiera movido esa noche. Cerró los ojos para sentir la caricia del viento lamiéndole la piel. Acariciándole. Meciéndole cada vez más fuerte. Haciéndole tambalear.

Y justo en ese momento cayó al suelo el último fruto de su propio huerto.

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