Escher en Cuenca

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Tengo la impresión de que si quitamos una sola piedra, una sola viga de madera, si movemos sólo un centímetro una teja, o un anclaje, una cornisa o un paramento… Todo se vendrá abajo. Este desorden perfecto, equilibrio de lo desequilibrado, apareció ante nosotros en una callejuela fuera de la guía que nos ofrecieron amablemente en la Oficina de Turismo. Y es que merece la pena investigar uno mismo. Salen a la luz así curiosidades como esta estrecha callejuela que casi parece una obra de M.C. Escher en la que podrían aparecer en cualquier momento personajes saliendo por las ventanas, los tejados y los muros verticales desafiando las leyes físicas. “Dándole al coco”, dedujimos que es una de las muchas maneras que encontraron los pretéritos habitantes de Cuenca para solucionar el gran desnivel existente entre la parte alta de la ciudad y las hoces de los dos ríos que la rodean: el Júcar y el Huécar. Así adaptaron sus viviendas, sus calles y sus paseos para comunicar ambas partes sin casi darnos cuenta: las casas tienen sólo tres alturas en la parte alta de la ciudad, pero al otro lado (salvando los ricos y cortados de las hoces) llegan hasta las diez alturas. De ahí que se las llame histórica y popularmente “rascacielos”. Y para pasar de un lado a otro, existen túneles, escalinatas, pasadizos, puentes y demás soluciones que atraviesan la ciudad y, además de prácticas, resultan muy visuales y fotogénicas. Según salíamos de esta solitaria callejuela hacia la turística Plaza Mayor, una mujer extranjera (probablemente inglesa) nos preguntó sorprendida adónde daba ese pasadizo del que nosotros salíamos como expedicionarios.

Acto seguido ella también descendió la escalinata, con boca y ojos abiertos, adentrándose entre pasadizos y balconadas imposibles, con la ciudad sobre su cabeza y en busca de su propio descubrimiento.

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