La puerta de San Juan

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La escalera era un río petrificado por el que descendimos a la hoz del Júcar. Aquella mañana habíamos madrugado por placer. Aprendimos a vivir sin prisas tras varios intentos fallidos. A la enésima fue la vencida. La Puerta de San Juan apareció por sorpresa, escondida entre los edificios, como un portalón manchego más de una casona del casco viejo. Pero guardaba una sorpresa inimaginable desde la calle: el acceso al frondoso valle. Era como la frontera entre dos mundos diferentes. Así que entramos sin saber exactamente adónde nos llevaría. Y apareció la escalinata zigzagueante con sus peldaños rítmicos atravesando lo que otrora fue la muralla fortificada, justo donde, dicen, Alfonso VIII penetró para conquistar la ciudad, Cuenca, grata sorpresa para el viajero desprevenido. Nosotros no fuimos conquistadores, sólo paseantes buscando rincones. Y más allá de casas colgadas y ciudades de piedra, descubrimos escondites encantados y solitarios barrios, donde la imaginación vuela soñando pasados ignotos y creando futuros inciertos.

Estaba claro que este iba a ser sólo el primer capítulo.

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