Todavía existen los milagros

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¿Por qué hemos llegado tan tarde? Uno piensa: sólo unas décadas y todo sería tan diferente… Pero no se puede viajar en el tiempo. ¿O sí?

Hace calor. Dejamos atrás el ruido. Abandonamos el asfalto. Tampoco hay cemento. Sólo, silencio. Sólo, Naturaleza. Sólo, belleza. “¿Es posible?”, me pregunto. “¿Es posible que este pedazo de cielo aún resista en pleno siglo XXI en una de las zonas más castigadas por el peor turismo imaginable?” Puede que conteste el graznido tranquilo de un ave tras beber placentera en una orilla escarpada. Puede que todo sea sólo un sueño y despierte unos metros más allá. Pero, aunque no me lo crea, es real. Emprendemos el camino a pie y van pasando los kilómetros bordeando uno de los mayores lagos de estas infravaloradas Lagunas de Ruidera, para algunos sólo una acumulación de piscinas. Van pasando los kilómetros y parece que la ausencia de playas artificiales, de chiringuitos y de estúpidas barcas de pedales sirven de criba para los turistas: pasan y nos saludan afables perfectos desconocidos, ciclistas, familias con el almuerzo, senderistas… Ejemplos que nos hacen darnos cuenta de que no estábamos locos: es posible el desarrollo turístico alternativo, sostenible, cuidadoso, inteligente, respetuoso, sin tener que pasar por el maloliente aro de los empresarios que destrozaron, aguas abajo, uno de los espacios naturales más peculiares de nuestro país. Es posible escapar de sus zarpas, si queremos, y disfrutar de la Naturaleza con sencillez, contemplando la avifauna, magníficos paisajes, álamos reflejados en las aguas tranquilas, espadañas y juncales en ambas orillas, bosques de ribera, encinas, romerales y sabinares, caminos de tierra que se adentran entre árboles centenarios. “Es posible”, afirmo ya convencido. Sí: es posible. Así fue Ruidera hace mucho tiempo. Así fue este lugar antes de ser pasto de la avaricia más despiadada, impulsada y alimentada por los intereses de todos los estratos sociales, desde las administraciones hasta los propios turistas acomodados, que creyeron estar en un parque acuático en vez de en uno natural. Pusieron el mundo patas arriba ante el estupor de científicos y especialistas de todo el mundo, que no dieron crédito cuando destrozamos este edén que había aguantado intacto miles de años. Sin embargo, en medio del jaleo, aún quedan algunos reductos sin explotar, gracias a la cabezonería de “unos pocos radicales” que se empeñaron en hacer mucho ruido pese a las amenazas, a los insultos, a los desprecios, a las burlas, a los ataques… Y así permanece la lagunas Conceja, que es nuestro milagro de hoy, como última muestra de lo que de verdad fue Ruidera, de lo que debería ser un Parque Natural: hay rutas, paneles explicativos, zonas de interpretación de fauna y flora… Nosotros paseamos pensativos con esa sensación de victoria ante algo que se ha preservado tantos años y que pocos, muy pocos, en realidad disfrutarán, porque se quedarán aguas abajo, dando el dinero a los mismos que destrozaron el lugar. Pero cuando un grupo de niños con sus pequeñas bicicletas llegan acompañados de sus padres, entre risas y bromas, con los ojos abiertos de par en par, nos damos cuenta de que todo (pese a todo) ha merecido la pena.

Y quizá no sea casualidad que hoy haya llegado el otoño.

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