La fidelidad de una cascada

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Se le había hecho tarde. Los perros se habían portado bien y quizá incluso les recompensaría con un premio al volver a casa. El sol descendía sobre un horizonte plagado de nubes muertas, nubes a la deriva que sin rumbo se deshacían en destellos rojos y amarillos. Sentado sobre la gran piedra gris poblada de musgos, el anciano escuchaba el rumor del río abriéndose paso entre ambos lagos, entre riscos y desniveles, fecundando de cascadas la ladera del valle. Allí sentía la fuerza de la Naturaleza. Quizá no tanto de forma idealizada, sino como parte propia de su ser, que moldeó su cuerpo robusto forjado en noches solitarias y mañanas robadas al sueño. Él sabía mejor que nadie que ella podía ser bondadosa y malvada a la vez, que era tan fiel como traidora, y que nunca, jamás, pedía perdón. Ni tenía por qué hacerlo. Por eso era su diosa.
Con la boina entre las manos y el bastón fabricado con una rama seca yaciendo en el suelo, se levantó lentamente, al fin, con la mirada fija en la gran cascada que retumbaba el firme a su lado. Las raíces retorcidas de los grandes árboles circundantes parecían serpientes reptando por un suelo resbaladizo. Los perros, acurrucados uno junto a otro, levantaron sus miradas para comprobar el estado anímico de su amo, esperando sus órdenes. Pero no hubo tales, sino vientos del norte, fríos, peinando el paisaje y arrugando la superficie del lago. Vientos que transportaban gotas robadas a la cascada, que surcaron el aire como barcas voladoras, como lágrimas lanzadas sin gritos ni rabias. Desprendidas. Desarmadas. Descarnadas. Descaradas. Él las respiró impertérrito. ¿Y qué otra cosa podía hacer? Desnudarse y bautizarse, como cuando era joven, en esas aguas gélidas. Sólo la fidelidad canina es capaz de comprender con estoicidad la locura de un humano, al menos sólo si ese humano es su amo. Porque igual que la Naturaleza para el anciano, para sus perros él era Dios. Y Dios nunca hace locuras. Aunque lo parezca.
Había pasado más de una hora desde el inicio de su baño y sus perros esperaban, decíamos, fieles en la orilla, sin levantar sus cabezas, con la tranquilidad de tener a su amo cerca. Había pasado más de una hora cuando la anciana se acercó desde atrás. Cogió las correas de los perros con silenciosa paciencia y los dirigió hacia el todoterreno que, todavía arrancado sobre el camino, renqueaba rompiendo el silencio del paisaje. Se los llevó a la puerta trasera del vehículo mientras ellos decían con empujones, quejidos, tirones, sollozos… que no querían irse sin su amo. Que no iban a abandonarlo porque estuviera bañándose. Que nunca le olvidarían por mucho que hubiera muerto diez años atrás.

Y que serían tan fieles como una gran cascada en blanco y negro, que estaba y estará cuando nosotros nos hayamos ido.

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