Lluvia crepuscular

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Había caído una fina lluvia que cubrió el paisaje de perlas brillantes. El campo olía a tierra mojada. Ese olor que todos distinguimos cuando se aproxima o aleja una tormenta. Nuestra tormenta sabía a menta, hierbabuena, romero y tomillo. Sabía a días de melancolía, sentimiento muy diferente a la nostalgia. No había anhelo de tiempos pasados, mitificados por nuestro cotidiano presente, sino pura y simple tristeza. Tristeza real, no exagerada. Esa tristeza que cala el alma hasta dejarla tirada en el suelo de puro cansancio. Pero nos recompusimos y nos echamos al monte. Anduvimos buscando unos grabados prehistóricos de los que habíamos oído hablar durante muchos años. Caminamos por una orilla desecada, entre impresionantes paredes verticales que se alzaban sobre nuestras cabezas como guardianes del pasado, como vigilantes del presente, como guerreros del tiempo. Anduvimos entre plantas salvajes y por entre piedras desgarradas. Y finalmente, ante nuestros ojos perplejos, aparecieron. Conocidos desde épocas remotas, aquel plantel de esquemas con motivos idoliformes y en forma de cruz, incluyendo “ídolos placa”, datados de la era Eneolítica (transición entre la Edad de Piedra pulimentada y la de Bronce), parecían presumir de su eternidad insolente. Pero poco duró nuestra alegría: el nuevo ser humano había invadido la laguna, sus orillas, sus aguas e incluso los grabados. Y lo había destruido todo con piscinas, barbacoas, muelles, puertas, cobertizos, mangueras, desagües, cables, chalés… Todo parecía una mezcolanza de pasado y presente que ofrecía una faz aterradora. Las gigantescas paredes naturales eran atravesadas por puertas de construcciones privadas; los grabados sucumbían a hogueras y chimeneas; la laguna, despojada de su condición de bien público, estaba cercada para uso y disfrute de unos pocos. Recuerdo que fotografiamos los grabados con ese extraño sentimiento que uno tiene cuando está soñando algo bonito, de querer preservar el tesoro antes de que sea demasiado tarde, antes de que todo desaparezca, antes de volver a desperar. Recuerdo que la lluvia arreció cuando decidimos marcharnos, en silencio, sin ganas de hablar, porque sabíamos lo que pensábamos sin soltar una palabra. Durante el camino de vuelta me di la vuelta y contemplé la laguna medio vacía de agua y medio llena de codicia. Alcé la cámara y enfoqué unos juncos que se movían mecidos por el viento crepuscular. Aumenté el ISO para compensar la cada vez más acuciante falta de luz. Abrí al máximo el diafragma para crear más contraste de foco entre el primer plano y el fondo. Y disparé una sola vez.

Nunca más volvimos.

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