Asomado a la realidad

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Ha vuelto el calor. No tan agobiante como el de las últimas semanas, pero ha vuelto. Un calor soportable que invita a pasear entre sombras. No sé cómo ni por qué acabo siempre aquí, en el Jardín del Príncipe. En realidad sí lo sé: es el más grande de Aranjuez. Es el más salvaje, si es que un jardín puede serlo, y es más fácil estar solo con uno mismo. Con tres kilómetros de longitud y 145 hectáreas de superficie es lo más parecido a estar en un bosque en plena ciudad. Y lo tengo a sólo ochocientos metros de mi casa. Cuando voy camino a este refugio particular atravieso el barrio de mi infancia: mi antiguo colegio, el polideportivo donde jugué a casi todo (tenis, baloncesto, pimpón, bádminton, fútbol…), el barrio del que fuera mi mejor amigo en EGB, el portal de su casa, las calles por donde jugamos, donde nos confesábamos nuestros primeros enamoramientos, donde nos prometimos una amistad eterna que nunca llegó… Todos esos escenarios intactos están ahí, pero faltan sus protagonistas. Así que cuando llego al jardín la nostalgia ya está enganchada a mis espaldas. Y, de entre todas las posibilidades que me ofrece, acabo casi siempre deambulando cámara en mano por la ría e islas artificiales construidas siglos atrás como homenaje a los ríos que dieron forma y sentido a esta ciudad: el Tajo y el Jarama. Hay puentes de madera y patos. Me oculto en las barandillas y espero a que las aves se acerquen, jueguen y posen para mí. Es fácil: están acostumbradas a los turistas. Respeto la universal regla de los tercios y creo un triángulo por el que hago que se asome un pato rezagado. Y, sin darme cuenta, me asomo yo mismo a la realidad del presente que se me escapa por el triángulo.

Ha llegado septiembre. Empiezan mis vacaciones.

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