Archivo para septiembre, 2013

El último fruto de la temporada

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Su sombra era alargada en las tardes de verano y difusa en las mañanas de invierno, como un fiel reflejo de su propio ser, cambiante y amoldable a las condiciones que le imperaba la Naturaleza. En ocasiones, muchas ocasiones, era su única compañera antropomorfa durante días, incluso meses. Ella y él, pegados por los pies eternamente, pues ya quedaban lejos los leves momentos en los que ambos se desunían por algún brinco esporádico. Su edad y la artrosis de sus rodillas se lo impedían. Pero nada evitaba que aún saliera en época de cosecha a su pequeño huerto, encima del tejado de la que fuera la casa de sus padres, huerto que todos sus hijos y todos sus nietos nunca quisieron como herencia, porque el trabajo no se deja como herencia, decían, y se afanaba en preservar él solo la pequeña plantación de frutales y pasados. Ambas cepas languidecían. Él, con su camisa blanca y su gorra de visera y tela veis, alzaba las manos incesantemente comprobando el estado de cada fruta, de cada brote, de cada triunfo. Y se daba cuenta de que el número de cadáveres víctimas de las urracas, esparcidos por el suelo con la pulpa desparramada, era superior a los supervivientes de las ramas. La barandilla de hierro, que ostentaba prácticamente su misma edad, dividía el mundo en dos: la tierra y los tejados. De vez en cuando se apoyaba en ella y contemplaba el valle poblado de álamos y pinos, con el lento río manso, casi dormido, casi convertido en lago. Se apoyaba con los dedos de sus manos entrecruzadas, sus brazos negros y arrugados por años de exposición al sol sin protección, y miraba con sus ojos pequeños, parapetados tras párpados casi inexistentes, invadidos por unas cejas grandes que se habían descolgado demasiado, como queriendo proteger sus retinas de la suciedad de la realidad. Aquella vulgar tarde se quedó mirando el horizonte del cerro de enfrente y creyó verlo más cerca que nunca, como si la tierra se hubiera movido esa noche. Cerró los ojos para sentir la caricia del viento lamiéndole la piel. Acariciándole. Meciéndole cada vez más fuerte. Haciéndole tambalear.

Y justo en ese momento cayó al suelo el último fruto de su propio huerto.


Escher en Cuenca

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Tengo la impresión de que si quitamos una sola piedra, una sola viga de madera, si movemos sólo un centímetro una teja, o un anclaje, una cornisa o un paramento… Todo se vendrá abajo. Este desorden perfecto, equilibrio de lo desequilibrado, apareció ante nosotros en una callejuela fuera de la guía que nos ofrecieron amablemente en la Oficina de Turismo. Y es que merece la pena investigar uno mismo. Salen a la luz así curiosidades como esta estrecha callejuela que casi parece una obra de M.C. Escher en la que podrían aparecer en cualquier momento personajes saliendo por las ventanas, los tejados y los muros verticales desafiando las leyes físicas. “Dándole al coco”, dedujimos que es una de las muchas maneras que encontraron los pretéritos habitantes de Cuenca para solucionar el gran desnivel existente entre la parte alta de la ciudad y las hoces de los dos ríos que la rodean: el Júcar y el Huécar. Así adaptaron sus viviendas, sus calles y sus paseos para comunicar ambas partes sin casi darnos cuenta: las casas tienen sólo tres alturas en la parte alta de la ciudad, pero al otro lado (salvando los ricos y cortados de las hoces) llegan hasta las diez alturas. De ahí que se las llame histórica y popularmente “rascacielos”. Y para pasar de un lado a otro, existen túneles, escalinatas, pasadizos, puentes y demás soluciones que atraviesan la ciudad y, además de prácticas, resultan muy visuales y fotogénicas. Según salíamos de esta solitaria callejuela hacia la turística Plaza Mayor, una mujer extranjera (probablemente inglesa) nos preguntó sorprendida adónde daba ese pasadizo del que nosotros salíamos como expedicionarios.

Acto seguido ella también descendió la escalinata, con boca y ojos abiertos, adentrándose entre pasadizos y balconadas imposibles, con la ciudad sobre su cabeza y en busca de su propio descubrimiento.

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La puerta de San Juan

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La escalera era un río petrificado por el que descendimos a la hoz del Júcar. Aquella mañana habíamos madrugado por placer. Aprendimos a vivir sin prisas tras varios intentos fallidos. A la enésima fue la vencida. La Puerta de San Juan apareció por sorpresa, escondida entre los edificios, como un portalón manchego más de una casona del casco viejo. Pero guardaba una sorpresa inimaginable desde la calle: el acceso al frondoso valle. Era como la frontera entre dos mundos diferentes. Así que entramos sin saber exactamente adónde nos llevaría. Y apareció la escalinata zigzagueante con sus peldaños rítmicos atravesando lo que otrora fue la muralla fortificada, justo donde, dicen, Alfonso VIII penetró para conquistar la ciudad, Cuenca, grata sorpresa para el viajero desprevenido. Nosotros no fuimos conquistadores, sólo paseantes buscando rincones. Y más allá de casas colgadas y ciudades de piedra, descubrimos escondites encantados y solitarios barrios, donde la imaginación vuela soñando pasados ignotos y creando futuros inciertos.

Estaba claro que este iba a ser sólo el primer capítulo.


Un mar de nubes para un sombrero fiel

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Muere de sed mi viejo piano. Él cree que sigue vivo, pero mis dedos le mataron. Muere de risa la pena que lancé al viento. Muere la pobre, pero muere y ríe al mismo tiempo. ¡Qué felices aquellos tristes días de otoño! Prefiero sentarme bien que sentirme mal. Prefiero el infierno contigo que el cielo sin tu mano. Guardé mi valor en el cajón de la mesilla, y cuando me hizo falta ya se había devaluado. Siempre que me siento a gusto conmigo mismo acabo discutiendo. Siempre que me encuentro bien… me pierdo mal. Y aunque le di cuerda, la cajita de música ha pedido el compás. Nunca pido deseos; tengo demasiados. Lo que busco es la manera de realizarlos. Bajo mis pies, el cielo en los charcos. Sobre mí, un mar de nubes acechando. Por si quedan dudas, he perdido la cabeza. Pero no teman, he puesto un cartel que reza:

“Se busca sombrero fiel.”


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Frascos

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Todavía existen los milagros

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¿Por qué hemos llegado tan tarde? Uno piensa: sólo unas décadas y todo sería tan diferente… Pero no se puede viajar en el tiempo. ¿O sí?

Hace calor. Dejamos atrás el ruido. Abandonamos el asfalto. Tampoco hay cemento. Sólo, silencio. Sólo, Naturaleza. Sólo, belleza. “¿Es posible?”, me pregunto. “¿Es posible que este pedazo de cielo aún resista en pleno siglo XXI en una de las zonas más castigadas por el peor turismo imaginable?” Puede que conteste el graznido tranquilo de un ave tras beber placentera en una orilla escarpada. Puede que todo sea sólo un sueño y despierte unos metros más allá. Pero, aunque no me lo crea, es real. Emprendemos el camino a pie y van pasando los kilómetros bordeando uno de los mayores lagos de estas infravaloradas Lagunas de Ruidera, para algunos sólo una acumulación de piscinas. Van pasando los kilómetros y parece que la ausencia de playas artificiales, de chiringuitos y de estúpidas barcas de pedales sirven de criba para los turistas: pasan y nos saludan afables perfectos desconocidos, ciclistas, familias con el almuerzo, senderistas… Ejemplos que nos hacen darnos cuenta de que no estábamos locos: es posible el desarrollo turístico alternativo, sostenible, cuidadoso, inteligente, respetuoso, sin tener que pasar por el maloliente aro de los empresarios que destrozaron, aguas abajo, uno de los espacios naturales más peculiares de nuestro país. Es posible escapar de sus zarpas, si queremos, y disfrutar de la Naturaleza con sencillez, contemplando la avifauna, magníficos paisajes, álamos reflejados en las aguas tranquilas, espadañas y juncales en ambas orillas, bosques de ribera, encinas, romerales y sabinares, caminos de tierra que se adentran entre árboles centenarios. “Es posible”, afirmo ya convencido. Sí: es posible. Así fue Ruidera hace mucho tiempo. Así fue este lugar antes de ser pasto de la avaricia más despiadada, impulsada y alimentada por los intereses de todos los estratos sociales, desde las administraciones hasta los propios turistas acomodados, que creyeron estar en un parque acuático en vez de en uno natural. Pusieron el mundo patas arriba ante el estupor de científicos y especialistas de todo el mundo, que no dieron crédito cuando destrozamos este edén que había aguantado intacto miles de años. Sin embargo, en medio del jaleo, aún quedan algunos reductos sin explotar, gracias a la cabezonería de “unos pocos radicales” que se empeñaron en hacer mucho ruido pese a las amenazas, a los insultos, a los desprecios, a las burlas, a los ataques… Y así permanece la lagunas Conceja, que es nuestro milagro de hoy, como última muestra de lo que de verdad fue Ruidera, de lo que debería ser un Parque Natural: hay rutas, paneles explicativos, zonas de interpretación de fauna y flora… Nosotros paseamos pensativos con esa sensación de victoria ante algo que se ha preservado tantos años y que pocos, muy pocos, en realidad disfrutarán, porque se quedarán aguas abajo, dando el dinero a los mismos que destrozaron el lugar. Pero cuando un grupo de niños con sus pequeñas bicicletas llegan acompañados de sus padres, entre risas y bromas, con los ojos abiertos de par en par, nos damos cuenta de que todo (pese a todo) ha merecido la pena.

Y quizá no sea casualidad que hoy haya llegado el otoño.


La fidelidad de una cascada

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Se le había hecho tarde. Los perros se habían portado bien y quizá incluso les recompensaría con un premio al volver a casa. El sol descendía sobre un horizonte plagado de nubes muertas, nubes a la deriva que sin rumbo se deshacían en destellos rojos y amarillos. Sentado sobre la gran piedra gris poblada de musgos, el anciano escuchaba el rumor del río abriéndose paso entre ambos lagos, entre riscos y desniveles, fecundando de cascadas la ladera del valle. Allí sentía la fuerza de la Naturaleza. Quizá no tanto de forma idealizada, sino como parte propia de su ser, que moldeó su cuerpo robusto forjado en noches solitarias y mañanas robadas al sueño. Él sabía mejor que nadie que ella podía ser bondadosa y malvada a la vez, que era tan fiel como traidora, y que nunca, jamás, pedía perdón. Ni tenía por qué hacerlo. Por eso era su diosa.
Con la boina entre las manos y el bastón fabricado con una rama seca yaciendo en el suelo, se levantó lentamente, al fin, con la mirada fija en la gran cascada que retumbaba el firme a su lado. Las raíces retorcidas de los grandes árboles circundantes parecían serpientes reptando por un suelo resbaladizo. Los perros, acurrucados uno junto a otro, levantaron sus miradas para comprobar el estado anímico de su amo, esperando sus órdenes. Pero no hubo tales, sino vientos del norte, fríos, peinando el paisaje y arrugando la superficie del lago. Vientos que transportaban gotas robadas a la cascada, que surcaron el aire como barcas voladoras, como lágrimas lanzadas sin gritos ni rabias. Desprendidas. Desarmadas. Descarnadas. Descaradas. Él las respiró impertérrito. ¿Y qué otra cosa podía hacer? Desnudarse y bautizarse, como cuando era joven, en esas aguas gélidas. Sólo la fidelidad canina es capaz de comprender con estoicidad la locura de un humano, al menos sólo si ese humano es su amo. Porque igual que la Naturaleza para el anciano, para sus perros él era Dios. Y Dios nunca hace locuras. Aunque lo parezca.
Había pasado más de una hora desde el inicio de su baño y sus perros esperaban, decíamos, fieles en la orilla, sin levantar sus cabezas, con la tranquilidad de tener a su amo cerca. Había pasado más de una hora cuando la anciana se acercó desde atrás. Cogió las correas de los perros con silenciosa paciencia y los dirigió hacia el todoterreno que, todavía arrancado sobre el camino, renqueaba rompiendo el silencio del paisaje. Se los llevó a la puerta trasera del vehículo mientras ellos decían con empujones, quejidos, tirones, sollozos… que no querían irse sin su amo. Que no iban a abandonarlo porque estuviera bañándose. Que nunca le olvidarían por mucho que hubiera muerto diez años atrás.

Y que serían tan fieles como una gran cascada en blanco y negro, que estaba y estará cuando nosotros nos hayamos ido.